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Columna

La estupidez de los inteligentes

“Hemos sustituido la deliberación racional por un ejercicio mutuo de agravios, en el que la verdad parece importar poco y la inteligencia se ha convertido en una sofisticada herramienta de justificación ideológica”.

Yezid Carrillo De La Rosa

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Pocas reflexiones resultan tan esclarecedoras para comprender la Colombia actual, como la que formuló Dietrich Bonhoeffer durante su encarcelamiento por el régimen nazi: “La estupidez puede ser más peligrosa incluso que la maldad”. Al mal es posible denunciarlo, resistirlo y combatirlo; la estupidez, en cambio, resulta mucho más difícil de enfrentar, porque cuando caemos en ella nos volvemos ciegos frente a las evidencias y sordos ante los argumentos racionales; por ello, terminamos convertidos en instrumentos dóciles de la injusticia, convencidos de que actuamos en nombre del bien.

Bonhoeffer sostenía que la estupidez no era un problema intelectual, sino moral, por eso, las personas inteligentes también pueden caer en ella, especialmente cuando sustituyen el razonamiento crítico por relatos que refuerzan la identidad de la tribu política. Las neurociencias contemporáneas confirman lo anterior: nuestro cerebro evolucionó privilegiando la cohesión del grupo sobre la verdad. Lo que hacen las plataformas digitales es convertir ese viejo sesgo evolutivo en una poderosa industria de confirmación de prejuicios.

El mapa poselectoral parece confirmar esa intuición. La polarización política ha dejado de ser únicamente un fenómeno electoral para trasplantarse a casi todos los ámbitos de nuestra vida. Familias divididas, amistades destrozadas y redes sociales convertidas en tribunales morales, parecen revelar la existencia de una sociedad donde la pertenencia al grupo importa más que la verdad.

El peligro aparece cuando esa renuncia a pensar se encuentra con lo que Hannah Arendt denominó la banalidad del mal: la incapacidad de someter nuestras propias acciones a un juicio moral. Entonces basta compartir un video que deshumaniza al contradictor, difundir un meme que ridiculiza al adversario o excluir a quien piensa distinto, convencidos de que con ello se defiende la democracia, la patria o la justicia social.

Algo de esa lógica pareció reflejarse en el episodio ampliamente comentado esta semana, cuando un ciudadano anunció públicamente que dejaría de comprar panela a Luis Felipe Yagüe por haber votado por Abelardo De La Espriella. Lo verdaderamente inquietante no es que un “buen hombre” castigue a otro “buen hombre” por una diferencia política, sino que lo haga creyendo que cumple un deber moral. En ese instante dejamos de pensar por nosotros mismos y comenzamos, simplemente, a obedecer a nuestra tribu.

Colombia atraviesa hoy una crisis que no es solo política, sino ética. Hemos sustituido la deliberación racional por un ejercicio mutuo de agravios, en el que la verdad parece importar poco y la inteligencia se ha convertido en una sofisticada herramienta de justificación ideológica. La principal resistencia frente a esta forma de estupidez no consiste en demostrar la equivocación del otro, sino, primero, en sospechar de las certezas de nuestro propio grupo y, segundo, conservar la libertad de pensar; como dijo Kant, de atrevernos a saber, incluso en contra de quienes dicen representarnos. Quizá esa sea hoy la más difícil, pero también la más necesaria, forma de coraje democrático.

*Profesor Universitario.

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