Hay una pregunta que Cartagena debería hacerse ahora que sus Fiestas de Independencia entran en una nueva etapa: ¿Qué queremos que sean dentro de diez, veinte o treinta años?
El Concejo Distrital aprobó la creación de una nueva corporación para las Fiestas de Independencia del 11 de Noviembre. Según explicó la Alcaldía, no se trata de privatizarlas, sino de protegerlas y modernizarlas, con mayor capacidad para gestionar patrocinios, promoción turística, logística y capital privado, sin afectar su carácter cultural y patrimonial.
Según cifras del Distrito, las festividades inyectaron el año pasado $328.321 millones a la economía local y por cada peso invertido por el sector público se multiplicó por 26 el impacto económico; es decir, la fiesta produce empleo y mueve hoteles, restaurantes, transporte, comercio, producción audiovisual y logística; pero una fiesta popular no puede medirse únicamente por lo que produce.
Las Fiestas de Independencia nacieron de la gente: de los barrios, los cabildos, los disfraces, las comparsas, los bandos, las músicas, las danzas y los niños que salen a la calle. De esa manera tan cartagenera de apropiarse de noviembre como si la ciudad entera fuera un escenario. Y eso no puede perderse en una hoja de cálculo.
No se trata de escoger entre cultura o economía, sino de conseguir que la economía esté al servicio de la cultura y no que la cultura termine al servicio del negocio.
La nueva corporación tiene la oportunidad de dignificar y formalizar el trabajo de artistas, gestores culturales, logísticos y pequeños empresarios que hacen posible la fiesta; pero hay tres límites claros...
Primero, el patrimonio no puede ser negociable. Si el IPCC conservará las competencias sobre cultura y patrimonio, esa separación debe mantenerse con absoluta claridad. Segundo, la fiesta debe seguir siendo de los cartageneros. El turista debe ser bienvenido, pero una fiesta que deja de emocionar a sus propios habitantes corre el riesgo de convertirse en espectáculo y dejar de ser patrimonio vivo. Y tercero, la gente debe participar en las decisiones. Artistas, gestores, barrios, organizaciones culturales, investigadores, universidades y comunidades deben tener voz.
Está claro que no hay que temerle a modernizar las fiestas, sin embargo, hay que asegurarse de que esa modernización no las desnaturalice. Que cuando llegue noviembre, Cartagena no tenga solamente un evento exitoso... Que siga teniendo una fiesta. Porque una cosa es organizar un espectáculo para miles de personas y otra muy distinta es preservar una celebración que durante generaciones nos ha ayudado a decir quiénes somos.
Hay cosas que el dinero no puede reemplazar, y una de ellas es el orgullo de sentir que noviembre, todavía, nos pertenece.
*Director del Programa de Comunicación Social, en la Escuela de Transformación Digital de la UTB.
