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Columna

De la brevedad y la fragilidad de la vida

“Quizás recordarnos cuan breve y frágil es nuestra vida, sea una forma respetuosa de honrar a quienes esta tragedia se las arrebató; para permitir que su ausencia nos interrogue sobre el sentido de nuestra existencia...”.

Yezid Carrillo De La Rosa

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Hace unos días, el suelo bajo nuestros pies, ese que suponemos firme e inamovible, nos recordó brutalmente nuestra finitud. Bastaron unos minutos de violentas sacudidas para convertir en escombros edificios, hogares y proyectos de vida, pero también para derrumbar una de las ilusiones que silenciosamente nos acompañan: la certeza del mañana. Entre quienes ya no están seguramente hubo quienes hicieron planes futuros, dejaron una conversación a medias, un perdón pendiente o un proyecto postergado para cuando “hubiera tiempo”.

El terremoto en el suroccidente colombiano nos enfrentó a una verdad que preferimos obviar: somos seres breves, frágiles e incompletos, arrojados a una existencia llena de incertidumbres y complejidades. Una condición que se agrava al constatar que el más preciado de nuestros bienes es sumamente escaso: el tiempo.

Vivimos como si el tiempo fuera una reserva inagotable. Una parte considerable de la existencia transcurre mientras dormimos; otra, mientras trabajamos; y lo que queda se fragmenta entre obligaciones, rutinas y urgencias. Paradójicamente, podemos terminar dedicando muy poco tiempo a aquello que verdaderamente le otorga sentido.

El modelo cultural contemporáneo tampoco ayuda a recordar nuestra finitud. El consumismo ofrece seguridad mediante la acumulación; el culto hedónico convierte el bienestar inmediato en horizonte de realización; y las redes sociales pueden hacernos confundir una vida verdaderamente valiosa con una vida permanentemente exhibida. Frente a esa anestesia, la aparentemente austera filosofía estoica quizá tenga todavía algo profundamente humano que enseñarnos.

Séneca advertía en ‘De la brevedad de la vida’, que nuestro problema no consiste simplemente en disponer de poco tiempo, sino en desperdiciar buena parte de este: “Larga es la vida, si la sabemos aprovechar”. Epicteto proponía frente a la incertidumbre y la complejidad que: “Hay solo un camino hacia la felicidad, y es dejar de preocuparse por las cosas que están más allá del alcance de nuestra voluntad” (‘Discursos’). Y Marco Aurelio se recordaba constantemente la fugacidad de todas las cosas: “Todo es efímero: el que recuerda y lo que es recordado” (‘Meditaciones’). Finalmente, la sentencia estoica “Recuerda que vas a morir”, no pretendía convertir la existencia en una contemplación melancólica de su final. Todo lo contrario: evocar nuestros límites era una manera de valorar el tiempo presente y aprender a vivir.

Quizás recordarnos cuan breve y frágil es nuestra vida, sea una forma respetuosa de honrar a quienes esta tragedia se las arrebató; no para convertir su muerte en un drama inútil, sino para permitir que su ausencia nos interrogue sobre el sentido de nuestra existencia. Porque cuando la tierra se mueve y las certezas se derrumban, descubrimos que muchas de las cosas que parecían urgentes nunca fueron verdaderamente importantes. Y que acaso una vida buena no se mida por cuánto acumulamos, exhibimos o conseguimos, sino por cuánto fuimos capaces de amar, cuidar y construir mientras el tiempo todavía era nuestro.

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