Fenómenos de rapiña, desvíos de ayudas y robos descarados, se han dado en el país cuando hemos vivido tragedias naturales en años pasados o recientes. Ladrones de todos los cuellos han aprovechado el dolor, el sufrimiento y la angustia de las víctimas para apropiarse de ayudas y contribuciones en dinero y en especie. Quisiéramos verificar que en esta tragedia del terremoto se generen mecanismos de control que garanticen la transparencia en la administración de las donaciones y la eficacia en la entrega ordenada y equilibrada de las ayudas humanitarias. Es lo que todas y todos esperamos.
Igualmente esperamos que no sea solo en estos primeros días que se vuelquen las ayudas de un lado y del otro, sino que paralelamente se vayan generando programas a largo plazo que respondan de manera justa a hermanos y hermanas que han sufrido la pérdida de bienes y enseres obtenidos a lo largo de años de luchas y sacrificios. Lo que todos esperamos es la celeridad y la planeación sensata que vaya, no solo a la reconstrucción de edificaciones, también a la salvaguarda del sentido de la vida, cuando las ilusiones y esperanzas quieran derrumbarse.
La vuelta a Dios, a la presencia viva y vivificante del Espíritu para enfrentar las consecuencias y rehacer la voluntad de seguir andando, fortalece; porque seguros estamos que nada nos puede separar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús (Rom. 8, 38-39). Y esta convicción no es alienación de la conciencia, sino dinámica que fortalece, porque se funda en la solidaridad, la presencia amorosa y las acciones concretas que fortalecen e iluminan tanta incertidumbre y desventura.
La fe es una manera de situarse ante el dolor, la cruz y sus consecuencias, de asumir las contingencias de una creación no terminada que los seres humanos debemos respetar en sus procesos y aleaciones, de manera que no la destruyamos arbitrariamente a nuestro antojo y al servicio de intereses económicos abominables, camuflados en argumentos de progreso y desarrollo. Ha recordado a la humanidad el papa León XIV, que sin la búsqueda del bien común, el respeto a la dignidad de la persona humana, de los derechos humanos, de la justicia a los más pobres, la ciencia sin conciencia y las tecnologías sin controles éticos, se vierten contra nosotros impidiéndonos atribuirle a Dios lo que es irresponsabilidad de los seres humanos.
Que la solidaria compañía unida a las acciones de ayudas eficaces para todas las víctimas, especialmente a los de los lugares alejados, veredas desconocidas y pueblitos en lo profundo de la selva, se haga realidad de alguna manera en todos y todas los que decimos seguir a Jesús luchando por bajar de la cruz a los que la están sufriendo en estos días. Porque la fuerza del Espíritu es capaz de hacer nuevas todas las cosas, es la esperanza que nos estimula, a pesar de todo lo que nos está pasando.
