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Columna

Generoso Jaspe y el viejo Teatro El Coliseo

“Gracias a la Academia de Historia de Cartagena conocemos el ámbito de lo que significaba el teatro para aquellos cartageneros, en el siglo XIX, hasta que un día apareció el cine...”.

Ricardo Chica Geliz

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En agosto de 1915, Generoso Conrado Jaspe Franco (Cartagena 1851 - 1942) escribió en el Boletín Historial de Cartagena un texto titulado: ‘El antiguo Coliseo y el moderno Teatro Municipal (Estudio de costumbres de antaño)’. Allí recuerda en qué consistía ir al Teatro de Comedias El Coliseo, que existía desde 1775.

Fotógrafo, historiador, comerciante de arte, pintor, periodista, vendedor de libros y propietario de la ‘Librería El Farol’, Generoso relata al teatro como hecho social en la segunda mitad del siglo XIX. Detalla cómo era comprar una boleta en la taquilla y la expectativa que aquello conllevaba; describe las características físicas del Teatro de Comedias y su remodelación, encargada a su hermano Luis Felipe para convertirse en Teatro Mainero; relaciona otros aspectos, como: la aparición del Teatro Municipal (hoy Teatro Adolfo Mejía) en 1911, también diseñado por Luis Felipe; la oferta teatral y los incumplimientos de las obras anunciadas en cartelera; las compañías teatrales, musicales y de espectáculos de canto, el baile y la carpa; el comportamiento del público y sus prácticas del vestir, del comer y de socializar durante la función; la puesta en escena, los decorados, el vestuario, los músicos, los efectos especiales y el trabajo actoral, lo que revela muchas pistas sobre la sensibilidad de la época, no solo del público, sino de grupos teatrales de aficionados y autores locales; la relación con la prensa y con los críticos de espectáculos; y algunas anécdotas acaecidas durante la noche y los nuevos sentidos del tiempo dedicado al ocio.

Jaspe testifica el paso de la iluminación del teatro con lámparas de corozo a las lámparas de gas y después a las lámparas eléctricas; de los frecuentes retrasos en el comienzo de las funciones, programadas para las 8 de la noche, lo que provocaba que la jornada terminara hacia la medianoche, y a veces hacia la 1 de la madrugada.

Una vez, según sus recuerdos, la gente salió del teatro con los campanazos de la Catedral a las 5 de la mañana; también, describe la bulliciosa costumbre de familias enteras que se presentaban con todo tipo de viandas y bebidas para consumir durante las funciones; o cuando (ante la ausencia de silletería en la platea) el público asistía con su propia silla para acomodarse en mejor lugar, además de llevar sábanas y almohadas; y, hace referencia a casos y divertidas anécdotas de fallas involuntarias en los efectos especiales, que ponían en aprietos a los actores, entre muchas otras.

Gracias a la Academia de Historia de Cartagena conocemos el ámbito de lo que significaba el teatro para aquellos cartageneros, en el siglo XIX, hasta que un día apareció el cine y el público continuó casi con las mismas costumbres en los teatros barriales, a lo largo de buena parte del siglo XX.

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