Escondemos el desastre detrás de un título suntuoso y el desprecio debajo de una pomposa maestría. Vivimos atrapados en una pasarela de hojas de vida impecables, un desfile soberbio de tecnócratas con discursos perfectamente ensayados que dominan el arte de la retórica, mientras ignoran el crujido doloroso de las tripas de su propio pueblo.
Decía Mark Twain, con un ácido sentido de la ironía, que una coliflor no es más que un repollo que ha pasado por la universidad. Desde hace décadas, muchos de los que nos han gobernado, son exactamente eso: repollos ilustrados que se creen de una especie superior, solo porque visten el barniz reluciente de la academia, pero cuya esencia original sigue estando totalmente vacía de empatía genuina, carente de pecho y de corazón. Nos vendieron la idea de que la educación es el motor de la movilidad social, la llave para abrir las puertas de un futuro digno; sin embargo, la realidad demuestra que las oportunidades reales no existen para los que tienen talento, sino para los que tienen conexiones. Es una paradoja trágica: entre más preparados afirman estar quienes manejan el timón del Estado, más salvaje es el abandono que sufre la población. El mercado laboral responde hoy con la humillación de la informalidad y salarios de miseria. Vivimos en un delirio donde se premia la astucia del corrupto y se castiga el esfuerzo del honesto. El ciudadano de a pie sobrevive diariamente en una realidad profundamente desgarradora, buscando con desespero la manera de suplir sus necesidades básicas y mendigando una oportunidad real, la clase dirigente se refugia cómodamente en un delirio intelectual absoluto.
Nos hemos dejado enceguecer por sus palabras sofisticadas, por promesas vacías que distorsionan sistemáticamente el dolor de las familias y lo convierten en estadísticas frías. Este ciclo eterno de destrucción ideológica deja a la gente desamparada en la intemperie social, obligándola a arrancarse los cabellos ante la impotencia institucional, y a supurar un odio visceral y una desesperanza crónica que hoy tiene a los colombianos divididos y enfrentados en las calles.
La política se ha transformado en una burda puesta en escena donde sobra la teoría de escritorio y falta la decencia humana más elemental. El ser humano real no necesita discursos adornados; exige soluciones tangibles a problemas reales. Necesita imperativamente que quienes manejan el timón del Estado le metan cuerpo, alma y coraje a las profundas carencias de la calle. Es hora de romper este delirio colectivo, de despojar a la coliflor de su estatus ficticio y exigir líderes auténticos que miren de frente a la realidad del pueblo, antes de que el desespero termine por sepultarlos a todos en el olvido institucional. Confiamos en este gobierno, hay que darnos la oportunidad.
*Escritora.

