“Ese es el problema con la bebida, pensé, mientras me servía un trago. Si ocurre algo malo, bebes para olvidarlo; si ocurre algo bueno, bebes para celebrarlo; y si no pasa nada, bebes para que pase algo”: Charles Bukowski.
Hay lugares previsibles en su carácter y obedientes a su destino, pero definitivamente la cantina no es uno de esos. En ella conviven amores y felicidades, así como odios y tristezas, pero también se sientan a la misma mesa la riqueza y la pobreza, risas y llantos, sinceridad y farsa; es aquel espacio donde todo parece concluir y, sin embargo, nada termina del todo.
Mientras afuera la vida exige compostura, dentro de la cantina se aflojan los amarres de la etiqueta y todos pueden naufragar a su manera, las penas se ahogan por instantes, aunque sepan nadar y regresen luego a la superficie con renovado brío. Entre el rumor de las conversaciones y la música, la sinceridad brota al son de la mentira, se exageran las hazañas, se embellecen los fracasos y se juran afectos que quizá no resistirían la claridad de la mañana. Aun así, la sola expresión alivia, porque decir lo que duele, incluso disfrazándolo, permite que la herida respire y concede al corazón una tregua breve.
Bajo esa lógica imperfecta, la cantina se convierte en el símbolo de las emociones más efímeras, cuando las horas dejan de contarse y las botellas ocupan el lugar de los relojes, el tiempo queda suspendido junto con las penas. Estas esperan afuera, pacientes y esperanzadas, el amanecer propicio para atacar de nuevo con una artillería más pesada y a las viejas tristezas se suma entonces el remordimiento nervioso, ese temblor del cuerpo y de la conciencia que promete no volver, pero que muchas veces solo encuentra alivio en otro abundante trago de licor barato.
Oh sitio de especial encanto y sensaciones eternas mientras duran, donde los abrazos se mezclan, los abolengos son sepultados y las distancias sociales se acercan; en el que todos terminan cantando la misma canción y llorando por una pérdida semejante. Pocas condiciones igualan tanto a los hombres como la borrachera, pues ante el vaso vacío todos exhiben la misma sed y, ante el alma abierta, casi todos revelan una fragilidad parecida.
Por eso la cantina permanece como refugio seguro y peligroso de borrachos, bohemios, enamorados, derrotados y soñadores. Quizá su discreto encanto provenga de esa contradicción que nunca pretende resolver, porque ahí no se promete salvar a nadie, sino que ofrece un paréntesis tibio entre dos jornadas de realidad. Allí la utopía parece posible y el licor se vuelve el vehículo más rápido para alcanzarla, aunque el viaje dure lo mismo que un trago y el paraíso cierre al amanecer. Entonces todos vuelven a su vida con las penas intactas, pero con la extraña gratitud de haberlas visto desaparecer por unas horas.
Pd: El exceso de alcohol es perjudicial para la salud. Ley 30 de 1986.
*Abogado.

