comscore
Columna

El gato angora (1)

“El profesor Rodríquez, a quien apodamos ‘Mariavarilla’, expone su teoría del ojo avizor...”.

Eduardo García Martínez

Compartir

“Recuerda, tengo algo interesante que contarte”, dijo. Siguió rumbo al salón de clases donde el profesor pasaba lista para saber quiénes se quedarían en la tienda de Pacha, haciéndose la leva. Fernández picó el ojo cuando vio que me sentaba en la silla del fondo, y con la mano hizo el gesto característico para vernos a la salida. Presiento una buena historia. Es uno de los estudiantes más inquietos del internado de la calle del Tejadillo y siempre tiene secretos que referir. El que promete debe ser uno de esos en que, de seguro, estará de por medio una mujer.

El profesor Rodríquez, a quien apodamos ‘Mariavarilla’, expone su teoría del ojo avizor. Advierte que el individuo debe estar muy vigilante de lo que sucede a su alrededor, y aún más allá de su campo visual. “El ojo atento disfruta mucho más que otro invadido de pereza. Su experiencia es más amplia y enriquecedora”, dijo. Fernández volvió a mirar hacia atrás, aprobó con la cabeza lo que acababa de expresar el maestro, y sonrió con picardía. El día anterior me había hecho una invitación especial: mirar el mar desde los techos de la gran edificación del internado, donde 200 mozalbetes estudiamos para volvernos hombres pensantes bajo una disciplina de cuartel. “El canto del mar tiene un hechizo diferente desde allá arriba”, dijo. Poco antes de comenzar a subir por una enredadera florecida que nos serviría de escalera, miré mi reloj de oro, regalo de papá, y recordé su sentencia: “No te lo quites ni para bañarte, en el internado también hay ratones”, expresó al entregármelo en su cumpleaños.

Marcaba las 5:45 de la tarde cuando llegamos a lo más alto del techo, cubierto con láminas de asbesto. El sol seguía brillando y el espectáculo que ofrecía al besarse con el mar era ensoñador: destellos anaranjados, rojos, lilas, blancos, azules, grises, formaban pinceladas maravillosas. El murmullo de las olas regalaba una sinfonía incesante más allá de las murallas. “A esta maravilla solo la iguala el último de mis descubrimientos: el gato angora. Un manjar imperecedero que entra por los ojos y se instala en la mente para siempre. Ya lo verás”, comentó. El enigma se enredó en mí cerebro.

Después de un cruce de palabras sobre la hermosa policromía que teníamos al fondo, nos envolvió el silencio. La naturaleza arropó con su túnica prodigiosa el inacabable firmamento, mientras la noche se alimentaba de todos los colores con que nos habíamos deleitado.

Ahora solo quedaban las sombras. Y el susurro del mar sobre la playa.

Siga las noticias de El Universal en Google Discover
Únete a nuestro canal de WhatsApp
Reciba noticias de EU en Google News