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Columna

“Otra vez, Cata”

“Nunca supe cuánto había de historia y cuánto del delicioso cuento en aquella conversación con don Víctor. Tampoco importa demasiado”.

César Angulo Arrieta

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Fui a Puerto Duro movido por esa curiosidad que nos entra a los cartageneros cuando cambian algo de la ciudad, que creemos nuestro desde siempre. La tarde caía sobre Chambacú, y la India Catalina, recién consentida por las obras, parecía mirar con su acostumbrada serenidad hacia algún punto remoto de su propia historia.

Entonces la vi. Era una señora de rasgos indígenas, parecida inquietantemente a Catalina, sentada cerca del monumento. Lloraba. Dos lágrimas le bajaban lentamente por las mejillas. Me acerqué y, sin preguntarle demasiado, comenzó a reclamarme por aquella estatua.

- “Yo nunca me vestí así”, dijo. “Me llevaron siendo niña de mi tierra, de Zamba, a Santo Domingo. Allí aprendí castellano, conocí la religión de ellos y años después regresé para servir de intérprete”.

Hablaba con tal convicción que por momentos olvidé que habían pasado cinco siglos. El sol seguía bajando cuando aparecieron dos hombres con uniformes de enfermeros que se acercaron con una ternura casi familiar.

- “¡Otra vez, Cata! Se nos escapó”.

Eran funcionarios del hospital mental cercano. Ella protestó un poco y finalmente se dejó llevar. Yo me quedé mirando a la India y viajé casi 30 años atrás.

Por entonces era revisor fiscal del Festival Internacional de Cine de Cartagena y solía sentarme con don Víctor Nieto en su oficina del Baluarte de San Francisco Javier, antiguamente llamado de los Cestones por aquellos grandes cestos de mimbre utilizados para levantar sus cimientos. Entre cafés, cuentas atrasadas y las eternas angustias financieras del Festival, yo le decía que financiar aquello con boletas vendidas a los cartageneros era complicado: esta ha sido siempre tierra fértil en donde los ‘cacheteros’ pululan, más interesados algunas veces en exhibir una escarapela y levitar por las salas, que en comprar una entrada.

Una tarde le pregunté:

- “Don Víctor, ¿por qué la India Catalina como icono del Festival?, ¿por qué no la Torre del Reloj o una garita?”.

Me contó entonces de un viaje a Hollywood y de la impresión que le produjo aquel Óscar dorado, concebido por un director de la Metro-Goldwyn-Mayer. Pensó que Cartagena también necesitaba una figura que condensara su identidad y pudiera viajar por el mundo convertida en premio. Y ninguna mejor que Catalina.

Años después aquella estatuilla que miraba siempre hacia el pueblo de donde venía su etnia, terminaría creciendo hasta convertirse en monumento y quedar al encuentro de la Avenida Pedro de Heredia, como si la historia hubiese querido que quien fuera su intérprete, mano derecha, mediadora y hasta amante, quedara ligada a ella para siempre.

Nunca supe cuánto había de historia y cuánto del delicioso cuento en aquella conversación con don Víctor. Tampoco importa demasiado.

Solo sé que aquella tarde, mientras Cata se alejaba acompañada de sus cuidadores, volví a escuchar su voz.

“Hay historias que uno no escribe. Simplemente esperan, durante años, a que alguien se escape para venir a recordárnoslas”.

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