Tal vez el poder no cambie siempre a las personas; pero Latinoamérica ofrece demasiadas historias de líderes que prometieron justicia y libertad, y terminaron aferrados a este. Chávez llegó prometiendo derrotar la corrupción y renovar la democracia, y murió atornillado a la presidencia. Evo Morales encarnó la llegada al gobierno de sectores excluidos y acabó intentando prolongar su permanencia en contra del mandato popular. Bukele irrumpió como alternativa a un sistema político desacreditado y terminó controlando todos los poderes institucionales y obteniendo una controvertida reelección. Y Daniel Ortega combatió una dictadura y, posteriormente, construyó un régimen autocrático que suprimió la competencia electoral.
La explicación más sencilla es que siempre fueron ‘lobos vestidos de ovejas’, pero existe otra posibilidad más perturbadora: quizá comenzaron creyendo sinceramente en sus ideales y el poder los transformó. Es posible, por tanto, que haya algo de verdad en la sentencia de Lord Acton: “El poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente”.
El neurocientífico Ian Robertson ha estudiado el denominado ‘winner effect’ (efecto ganador), según el cual, la experiencia reiterada de victoria puede reforzar determinados mecanismos neurobiológicos y psicológicos relacionados con la motivación, la confianza y la competitividad. En cierto sentido, ganar nos enseña a sentirnos ganadores. El problema surge cuando las victorias sucesivas coinciden con un ejercicio prolongado del poder y contrapesos débiles; en ese caso, la confianza puede convertirse en sobreconfianza; la determinación, en arrogancia; y la convicción, en incapacidad para escuchar.
Una hipótesis semejante inspira el denominado ‘síndrome de hubris’ (enfermedad del poder), formulado por David Owen y Jonathan Davidson, para describir determinados cambios de comportamiento asociados a la permanencia en el poder. El gobernante puede comenzar sirviendo una causa y terminar identificándose con ella: ya no representa simplemente al pueblo o la patria; está convencido de que él mismo los encarna.
Entonces comienza una transformación todavía más peligrosa. La crítica se vuelve traición; el opositor, enemigo; los jueces, obstáculos; y los límites constitucionales, estorbos. Aparece, además, un sesgo de autojustificación moral: si el fin se considera noble, los medios que antes eran inaceptables comienzan a parecer legítimos. La experiencia colombiana ofrece ejemplos: la ‘yidispolítica’ evidenció prácticas corruptas asociadas a la reelección de Uribe, al igual que el “escándalo de la Ungrd” mostró el abusó de los recursos y las posiciones estatales para comprar respaldos políticos para Petro.
Los fundadores del constitucionalismo moderno no conocieron la dopamina ni las neurociencias, pero comprendieron perfectamente el problema. Desconfiaron tanto del gobernante perverso como del virtuoso; por eso, dividieron el poder, establecieron controles y defendieron la alternancia en el gobierno. Quizás esta sea una de las grandes paradojas del poder: el gobernante más peligroso no siempre es quien expone públicamente su maldad, sino aquel que prisionero de su autoimagen moral, termina convencido de que su “causa justa” legitima sobrepasar cualquier límite político, jurídico o ético.
*Profesor Universitario.

