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Columna

Después de un incidente catastrófico

“Este desenlace ilustra lo que puede ocurrir cuando los sobrevivientes de una catástrofe no reciben ayuda psicológica oportuna. El trauma no siempre se manifiesta de inmediato; a veces emerge en silencio, transformando la vida emocional...”.

Christian Ayola

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Un chico de 15 años llegó a consulta acompañado por su abuela. Dos semanas antes, durante una discusión banal, había agredido físicamente a su madre, un acto que desconcertó a toda la familia. Hasta ese momento el joven era considerado un hijo modelo: excelente estudiante, deportista disciplinado, sociable, respetuoso y sin indicios de consumo de sustancias. El sistema familiar funcionaba armónicamente, por lo que la agresión parecía romper, de manera abrupta, todos los principios éticos y morales que habían guiado su educación.

En la consulta, el muchacho se mostraba emocionalmente congelado, incapaz de explicar su reacción. La madre, dolida y furiosa, lo veía como un desconocido; el padre oscilaba entre la incredulidad y la confusión. La abuela sugirió sacarlo del entorno familiar y traerlo a Cartagena en búsqueda de ayuda profesional. Los exámenes toxicológicos, neurológicos y bioquímicos fueron completamente normales. No había sustancias, lesiones cerebrales ni alteraciones metabólicas que justificaran el comportamiento.

Al profundizar en la historia reciente de la familia emergió un episodio crítico: ocho semanas atrás habían sobrevivido a un incendio devastador. El fuego, originado por un dispositivo electrónico que explotó silenciosamente, consumió el apartamento mientras dormían. En medio de la oscuridad y el humo, el joven logró orientarse, despertar a su familia y guiarlos a gatas hacia la salida de emergencia. Incluso regresó por su padre inconsciente en un pasillo, y con dificultad lo arrastró hasta ponerlo a salvo. Ese día se convirtió en el héroe de la familia.

Tras el incendio se mudaron a otra vivienda y, aparentemente retomaron la normalidad; sin embargo, seis semanas después ocurrió la agresión. Este tipo de reacciones inesperadas puede aparecer en sobrevivientes de tragedias: el sistema nervioso queda desregulado, alternando entre hiperactivación, impulsividad y estados de congelamiento afectivo. El joven no entendía por qué había abofeteado a su madre; se sentía culpable y avergonzado. Ella, en su dolor, interpretaba ese desconcierto como cinismo. El muchacho pasó de ser el hijo ejemplar al problemático, su rendimiento académico decayó y comenzó a experimentar sueños catastróficos, manifestó que en algunos momentos había considerado suicidarse. La reparación de la herida, la reconciliación y el perdón llegaron después de una ardua labor terapéutica con la familia.

Este desenlace ilustra lo que puede ocurrir cuando los sobrevivientes de una catástrofe no reciben ayuda psicológica oportuna. El trauma no siempre se manifiesta de inmediato; a veces emerge en silencio, transformando la vida emocional con respuestas inexplicables de quienes lograron sobrevivir. Por eso es tan importante la intervención de la comunidad después de un evento catastrófico y la tarea comienza por capacitarla, antes del desastre, en temas como: primeros auxilios psicológicos, escucha activa sin moralizar, elaboración del duelo y técnicas para el manejo de la ansiedad.

*Psiquiatra.

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