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Columna

El gato Angora (2)

“Juan Gossaín, atormentado por estas experiencias visuales, deja de leer y asegura que Lombana es masoquista y Fragoso sádico consumado”.

Eduardo García Martínez

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Los años 60 se instan en Cartagena. Casi todas las actividades las concentra el cordón amurallado, que huele mal y tiene locos como personajes entrañables, piezas que encajan a la perfección en el bucólico transcurrir de la ciudad. En los extramuros hay pobreza, pero buen vecindario. Los cines de barrio son lugares de encuentro y los cabarets gozan de clientela asegurada. Los buses urbanos no pueden ser más pintorescos, ni más deliciosos los jugos, patacones y quesos que se venden en los kioscos de la Bahía de Las Ánimas. Boxeo y béisbol enamoran.

El prestigioso colegio en el que estoy tiene un nombre bordado en filigrana: La Esperanza. Somos más de 200 ariscos muchachos de pueblos y ciudades del litoral Caribe en su internado. El precepto de disciplina lo encarna un maestro flaco y exigente que controla insurrectos con una vara de bambú. Su apellido es temido y festejado: Fragoso. Los maestros son ilustres: sabio Hegel, papa Guerrero, Cabarcas, Rodríguez, Orozco, Irisarri, Puente. El plantel lo fundó en 1870 un instruido masón de raíces vascas, Abel María Irisarri, excomulgado por el arzobispo Pedro Adán Brioschi cuando salió en defensa del músico popular Pedro Gómez Padilla (‘Piquinini’), quien había compuesto una danza satírica para zaherir al prelado, del que se decía prestaba plata al 20% y era dueño de casi medio cordón amurallado. “Convéncete Pedro Adán, que al cura que presta plata no le luce el balandrán”, decía el canto.

El internado, casi un cuartel, obliga a estar prevenidos. Navegamos entre el bien y el mal. Mi compañero Fernández, quien pronto develará el misterio del gato angora, escucha sin descanso a Orlando Contreras en su grabadora, para luego descomponer sus canciones y ponerles picante. El ‘Mono’ Escobar y Francisco Jattin parecen gemelos. No se separan, y por las noches solo callan en el dormitorio si ‘Mariavarilla’ los conmina al silencio, so pena de ponerlos a hacer cuclillas hasta la madrugada. El gordo Lombana es un remolino en este espacio de clausura. Fragoso lo deja sin salida a la calle sábados y domingo como castigo por sus pilatunas. Después le cambia la sanción por una paliza con su tallo de caña brava. Lo muele sin piedad golpeando sus nalgas y espaldas prominentes, ante los ojos atónitos de los internos. Después, puede salir.

Juan Gossaín, atormentado por estas experiencias visuales, deja de leer y asegura que Lombana es masoquista y Fragoso sádico consumado. “Este castigo parece calcado del deprimente espectáculo esclavista que se daba en esta ciudad en tiempos coloniales”, dice entre malhumorado y risueño.

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