En ‘Ensayo sobre la ceguera’, José Saramago narra lo que queda de nosotros cuando no podemos ver al otro como semejante. La ceguera blanca, puede estar hablando de una luz que enceguece. Una metáfora perfecta de nuestros tiempos actuales: un exceso de luz propia, tan intensa que no deja ver nada más que los propios intereses.
Los personajes del manicomio se organizan en bandos, acumulan comida, negocian con quien sea, traicionan principios que juraban inalienables, todo por sobrevivir un día más. Lo justo desaparece por completo, lo único justo es ‘yo’ estar bien.
Así se mueve hoy buena parte del mundo. Y en política, peor. No importa la gente en sí: importa sostener una ideología, sostener a los aliados, aunque sean malos, o se equivoquen, o maten a niños inocentes, aunque eso implique que las personas debajo de los escombros tuvieran que esperar a quedarse sin aire, sin luz y sin aliento, con la soberbia fútil de quien gobierna sin alma.

¿Quién protege al gobernante de sí mismo?
Yezid Carrillo De La RosaSe pactan alianzas insólitas, se sacrifican los principios que se dijeron sagrados, y se descubre, como en la novela, que la ceguera no es no ver: es negarse a reconocer al otro como parte de uno mismo.
Saramago lo muestra: en la sala de los ciegos, el que impone las reglas a la fuerza, el que raciona el hambre ajena para alimentar la propia certeza, termina siendo el primero en caer cuando el orden que él mismo fabricó se le vuelve en contra. Quien regula con el fusil termina fusilado.
Ninguna ficción exagera más que la realidad. Hay quienes mientan a Dios como rey supremo de la justicia y con el mismo aliento ordenan destruir o perseguir a sus contradictores, bombardean sobre niños que ya nacieron, que ya jugaban, que ya tenían sed de vivir. Se oponen al aborto, pero no se oponen a enterrar escuelas. Se invoca a Dios con la potestad de decidir qué vida importa y cuál es daño colateral. Palestina hoy, como tantos otros lugares ayer, es el espejo de esa ceguera.
¿De qué sirven los avances legislativos si con un cambio de gobierno se borran?
Lo que Saramago entendió, y que el mundo se niega a entender, es que sin el otro no hay salida. La única familia que sobrevive en la novela es la que decide cuidarse mutuamente aun sin verse, aun siendo extraños, aun cuando no comparten ni bando ni conveniencia. Ese es el verdadero bien: el vínculo que se sostiene cuando no le exige a nadie renunciar a lo que cree, solo cooperar para convivir y sobrevivir. Y para eso elegimos políticos, no para aniquilarnos, sino para regular esa convivencia.
Hay quienes, mirando lo que hemos hecho unos con otros, entenderán que morir con los ojos abiertos también es, a veces, la forma más digna de no seguir cómplices.
