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Columna

Las murallas no se jubilan

“Las murallas seguirán allí, jubiladas del oleaje y de las batallas, pero no de los cartageneros y sus visitantes. Seguirán prestándonos su belleza, mostrando sus huesos al sol y recibiendo los pasos de quienes las recorran por sus nuevos senderos”.

César Angulo Arrieta

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Paso todos los días por la Avenida Santander. Una mañana, viendo cómo estaban colocando las piedras amarillas de la protección costera del Malecón del Mar, esa obra que va a cambiarles la cara a varios lugares de la ciudad, comencé a pensar. Alguna vez leí que la palabra ‘malecón’ tiene una etimología incierta, entre un origen mozárabe y otro emparentado con el sardo de Cerdeña, datos que acompañaron mi recorrido.

Iba mirando el cordón de murallas y pensando que, como las vemos hoy, no es como las vieron los cartageneros de otros tiempos. Lo que tenemos delante es casi una radiografía: los huesos, porque las murallas, cuando se construyeron, estaban pañetadas, con su capa de cal encima. El tiempo y el mar fueron arrancándoles aquel pañete y dejaron al descubierto la piedra desnuda que hoy fotografiamos como si siempre hubiera sido así.

Me puse entonces a imaginar la época en que se terminó la Avenida Santander, hace casi 60 años. El proyecto se empezó a idear en 1915; la construcción arrancó en 1959 y terminó inaugurándose en 1969. El revuelo en una ciudad todavía pequeña debió ser grande. Fue un acierto: le dio a Cartagena una expansión urbanística que antes no había conocido.

Hasta entonces, las olas rompían directamente contra las murallas, levantadas precisamente para eso: defender la ciudad del mar y de quien llegara por él. A quienes las construyeron les tocó bregar duro para levantarlas y seguramente nunca se les pasó por la cabeza que algún día las mandarían a descansar de tanto oleaje. Tampoco imaginaron que terminarían jubiladas de su oficio de guardianas, contemplando eternamente el mar en lontananza y convertidas en el principal atractivo turístico de la ciudad que antes defendieron.

Las piedras nuevas permitirán caminar por tramos del malecón y contemplar, al mismo tiempo, las murallas y el mar.

En ese recorrido, entre el Baluarte de Santo Domingo y el punto donde el cordón vuelve a subir, hay un pedazo de muralla más bajo que siempre me llamó la atención. Unos metros más adelante, mar adentro, existe una escollera submarina que protegió esa parte de la ciudad de piratas y corsarios. Sin pretensiones de historiador, siempre imaginé, como contador que soy, que a los constructores se les acabó la plata y prefirieron tirar piedra al mar, más barata, que levantar más pared.

Con el Malecón del Mar terminado, Cartagena tendrá una manera distinta de disfrutar ese borde, como ocurrió con la Avenida Santander hace casi 60 años.

Las murallas seguirán allí, jubiladas, sí, del oleaje y de las batallas, pero no de los cartageneros y sus visitantes. Seguirán prestándonos su belleza, mostrando sus huesos al sol y recibiendo los pasos de quienes las recorran por sus nuevos senderos. Y quizás esa sea la mejor jubilación posible: dejar de recibir golpes sin dejar de ser útil, permanecer en su sitio y seguir embelleciendo la vida de los demás.

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