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Columna

Desnudez

“La única salida al egoísmo destructivo es comprender que sin el otro que nos acompañe, el ser se diluye y no lograremos llegar a ninguna parte”.

LIDIA CORCIONE CRESCINI

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El reciente desastre nos ha devuelto, de golpe, a nuestra escala real. Bastó un segundo de caos para que el simulacro de control que construimos se hiciera pedazos, demostrando la fragilidad absoluta que nos define. Ante el miedo y el peligro, cuando la esperanza queda reducida a su mínima expresión, descubrimos que somos criaturas asustadas que viven la insoportable levedad del ser de Kundera.

En ese instante de vulnerabilidad básica, la ilusión del individualismo se desvanece y nos topamos con una verdad ontológica ineludible, sin el otro que acuda a nuestro auxilio, no podríamos salvarnos de la muerte. Olvidamos con frecuencia el pensamiento existencial de Heidegger sobre el ‘ser-en-el-mundo’ y el ‘ser-con-los-otros’ (Mitsein). No somos islas flotando en el vacío; nuestra existencia cobra sentido únicamente en el tejido compartido con los demás a través del cuidado mutuo.

Vinimos a esta estructura social para sostenernos en comunidad, pero el panorama actual contradice esa esencia fundamental. Cuesta comprender por qué persiste tanta mezquindad y por qué abrimos una brecha obscena entre la opulencia de unos pocos y la pobreza de las mayorías. Nos hemos vuelto egoístas y profundamente avaros, atrapados en una ambición insospechada que nubla la razón. El peligro nos deja al desnudo, arrojados a la intemperie de la realidad. Al caer las máscaras artificiales del estatus, se revela la verdad, no hay nada material que pueda protegernos del destino común de la finitud. Las pandemias y las catástrofes nos han gritado a la cara que la vanidad termina siempre en el cementerio, donde los lujos acumulados quedan reducidos a la más absoluta nada.

Llegamos a este mundo desprovistos de todo y nos marchamos exactamente de la misma manera, sin equipaje. Sin embargo, actuamos de mala fe, ignorando nuestra condición efímera. Somos seres insaciables, devorados por un deseo crónico de acumular más, caminando con indiferencia pasmosa ante el dolor ajeno, como si las tragedias cotidianas ocurrieran en otra dimensión lejana. ¿Qué fuerza destructiva se esconde en el fondo de la condición humana para volvernos lapidarios e insensibles? Es terrible aceptar que la ambición desmedida nos ha deshumanizado por completo. Necesitamos con urgencia reconfigurar nuestra forma de ocupar la Tierra.

Vivir de mejor manera es posible si logramos construir un espacio común basado en el reconocimiento ético del prójimo. No se trata de decretar una igualdad utópica de posesiones materiales, sino de entender que, sin importar quién tenga más o quién tenga menos, el valor reside en la dignidad compartida. La única salida al egoísmo destructivo es comprender que sin el otro que nos acompañe, el ser se diluye y no lograremos llegar a ninguna parte.

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