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Columna

El costo invisible del cuidado

“No basta agradecer a las cuidadoras; es necesario redistribuir el cuidado. Proteger su salud mental y promover una responsabilidad compartida no es solo...”.

Elsy Domínguez De La Ossa

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Hay trabajos que sostienen la vida y, sin embargo, permanecen invisibles. Cuidar a un niño, acompañar a una persona mayor, atender a alguien con discapacidad, preparar los alimentos o brindar apoyo emocional son actividades esenciales para el bienestar de cualquier sociedad. Sin embargo, gran parte de este trabajo no es reconocido por las estadísticas económicas tradicionales y continúa recayendo, en mayor medida, sobre las mujeres.

La economía del cuidado ha contribuido a visibilizar esta realidad. Hoy sabemos que el cuidado no es un asunto privado ni exclusivamente familiar, sino una función social indispensable para sostener la vida, la salud y el bienestar colectivo. A pesar de ello, las mujeres siguen dedicando muchas más horas que los hombres al trabajo de cuidado no remunerado, situación que limita sus oportunidades educativas, laborales y de participación social.

Más preocupante aún es el impacto que esta carga tiene sobre la salud mental. Diversas investigaciones han mostrado que el cuidado no remunerado se asocia con mayores niveles de estrés, agotamiento emocional, ansiedad y síntomas depresivos, especialmente cuando las responsabilidades son intensas y prolongadas. En la misma línea, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha advertido que las personas cuidadoras informales suelen experimentar sobrecarga física y emocional, afectando su bienestar y su capacidad para equilibrar el cuidado con otras dimensiones de la vida.

Afortunadamente, la discusión pública está avanzando. Colombia ha dado pasos importantes mediante la Política Nacional de Cuidado y la construcción del Sistema Nacional de Cuidado. Según el Departamento Nacional de Planeación, el cuidado constituye una dimensión central del bienestar y del desarrollo humano, por lo que el país busca garantizar el derecho de las personas a cuidar, ser cuidadas y ejercer el autocuidado en condiciones dignas. Estos esfuerzos apuntan a fortalecer servicios, apoyos institucionales y mecanismos de corresponsabilidad entre el Estado, las familias, las comunidades y el sector privado.

Sin embargo, el desafío cultural sigue siendo enorme. No basta con agradecer a las cuidadoras; es necesario redistribuir el cuidado. Reconocer su aporte, proteger su salud mental y promover una responsabilidad compartida no es solo una cuestión de equidad; es una inversión en el bienestar colectivo y en la construcción de una sociedad más humana, solidaria, inclusiva y comprometida con el cuidado como responsabilidad compartida de todos.

Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB ni a sus directivos.

*Profesora de la Escuela de Negocios, Leyes y Sociedad, UTB.

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