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Columna

Aprender a perdonar

“La paz comienza a construirse dentro del corazón, procurando vivir en armonía con Dios, con nosotros mismos y con los demás. Aprendamos de Jesús y de su entrega con amor, y vivamos su mandamiento...”.

JUDITH ARAÚJO DE PANIZA

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La expresión máxima del Amor de Dios es el perdón y la redención de nuestros pecados, que recibimos mediante la entrega amorosa de Jesús. Además, Él nos enseñó que, si hemos sido perdonados, también estamos llamados a perdonarnos unos a otros y a vivir libres de rencores, resentimientos, odios, rabias, rencillas, peleas y deseos de venganza. Recibimos este don por su entrega en la cruz y, de manera especial, mediante los sacramentos. Nuestros pecados traen muerte, pero Jesús, que es la Vida, nos entrega la suya para que la tengamos en abundancia.

¡Cuánto nos falta aprender de esta gran capacidad de perdonar! Perdonar es seguir deseando y procurando el bien del otro, aunque nos haya ofendido, y liberarnos de la carga emocional que supone llevar las cuentas de lo que los demás han hecho contra nosotros. La Palabra nos recuerda: “Perdona la ofensa a tu prójimo y, cuando reces, tus pecados te serán perdonados”*.

En la parábola del hijo pródigo, el padre misericordioso nos muestra cómo Dios nos recibe cuando regresamos arrepentidos después de habernos alejado de Él: nos devuelve nuestra dignidad y hace una fiesta para celebrarlo. En el evangelio de hoy, Pedro pregunta al Señor cuántas veces debe perdonar, y Jesús le responde: “Hasta setenta veces siete”; es decir, siempre. Luego relata la historia de un hombre que recibió el perdón de una deuda enorme, pero no fue capaz de perdonar a un compañero que le debía muchísimo menos. Jesús nos advierte que, cuando nos negamos a perdonar, cerramos también nuestro corazón a la misericordia de Dios.

Jesús vino a reconciliarnos con Dios y entre nosotros. Sin embargo, en medio de las guerras, las violencias y los desencuentros, parece que olvidamos la importancia de reconstruir las relaciones, reconocer nuestros errores, pedir perdón, perdonar las ofensas y buscar la reconciliación. Esto no significa aprobar el mal ni renunciar a la justicia, sino impedir que el daño recibido siga gobernando nuestro corazón.

La gratitud puede ayudarnos en este proceso. Cuando reconocemos con agradecimiento los regalos de Dios y nos abrimos a su gracia, comprendemos mejor cuánto hemos sido amados y perdonados. Entonces se hace posible mirar a los demás con mayor misericordia: “Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios”.

La paz comienza a construirse dentro del corazón, procurando vivir en armonía con Dios, con nosotros mismos y con los demás. Aprendamos de Jesús y de su entrega con amor, y vivamos su mandamiento: “Ámense los unos a los otros como yo los he amado”. Cada vez que pedimos perdón o perdonamos de corazón, el Amor de Dios vence en nosotros y damos un paso firme hacia la verdadera civilización del Amor.

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