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Columna

IA y periodismo: la brecha no es de bolsillo

“Analizaron las respuestas de 4.250 periodistas de once países, encuestados entre 2021 y 2024 en la tercera ola del Worlds of Journalism Study...”.

Julio Gómez Mora

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Cuando se pregunta por qué los medios informativos latinoamericanos usan tan poco la inteligencia artificial para adecuar su oferta de contenidos a las preferencias de sus audiencias, la respuesta de resorte suele ser “porque somos pobres”. La región reparte mal el ingreso y las licencias se pagan en dólares. Un artículo recién publicado en Journalism & Mass Communication Quarterly muestra que esa no es la respuesta.

Lo firma Miguel Garcés Prettel, investigador de la Escuela de Transformación Digital de la Universidad Tecnológica de Bolívar, con otros once académicos de América y Europa. Analizaron las respuestas de 4.250 periodistas de once países, encuestados entre 2021 y 2024 en la tercera ola del Worlds of Journalism Study. Algunos de esos países presentan niveles altos de desigualdad y en otros el ingreso se reparte de forma más pareja. Esa distancia no marcó diferencia: ni ella ni el nivel de ingreso del periodista se asocian con una mayor adopción de estas tecnologías.

Hay un dato revelador que cambia el tenor de la conversación. De todo lo que separa a unos periodistas de otros en este terreno, apenas el 3 % corresponde al país. El otro 97 % ocurre puertas adentro. Un medio de una capital de departamento puede estar más adelante que uno de la capital de un país más próspero. Esa desigualdad no separa países: separa redacciones que a veces hasta vecinas son.

El estudio no pregunta si el periodista usa IA por su cuenta. Pregunta con qué frecuencia consulta la analítica de audiencias y si en su medio hay sistemas que automatizan noticias o personalizan contenidos. Es decir, no mide lo que consiguió por su lado, sino lo que su empresa puso a su disposición. Solo el 9,3 % de los encuestados trabaja donde se automatizan noticias y el 16,8 % donde se personalizan. Ocho de cada diez trabajan en redacciones donde no existe un algoritmo que decida qué ve cada lector.

También revela que quienes trabajan más de 48 horas semanales, tres de cada diez, reportan más uso de estas tecnologías. No menos: más. Los autores no lo interpretan como resultado de una mayor inversión de sus medios, sino como una estrategia para sobrevivir a la jornada. La automatización y la analítica no llegaron a esas redacciones como proyecto editorial estructurado; llegaron como salvavidas. Pero la precariedad laboral en el periodismo da para otra columna entera.

Estos estudios vienen bien para poner a prueba lo que se da por sabido. Sin ellos seguiríamos explicando el atraso en la implementación solo a cuenta del bolsillo.

Descartada la desigualdad económica, surgen más preguntas. Si no es el país, ¿entonces qué? ¿Propietarios que no ven el negocio? ¿Una confusión entre transformación digital y comprar suscripciones de IA? Es tema de otras investigaciones. Mientras llegan, el estudio de Garcés y su equipo ya desmontó una idea: no es la pobreza del país la que decide en qué redacción hay un algoritmo y en cuál no.

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