Solemos hablar del tráfico como si su desorden dependiera de calles estrechas y semáforos mal sincronizados. Sin embargo, hay una verdad muy inquietante y es que la manera como nos comportamos en la vía revela quiénes somos cuando llevamos prisa y el anonimato nos permite olvidar que alrededor existen otras vidas.
Hace algún tiempo le escuché al psiquiatra Alex González Grau una reflexión que conserva toda su fuerza, relativa a que el tráfico refleja el estado mental de una sociedad y permite leer lo que sucede en las familias. Y es que, basta observar una intersección congestionada para comprobarlo, allí aparecen la impaciencia, el egoísmo y ese impulso de creer que la norma debe ser cumplida por los demás, pero que puede negociarse cuando obstaculiza nuestros propósitos.
Quien se pasa un semáforo en rojo no vulnera solamente una disposición de tránsito, sino que expresa una forma de entender la convivencia; quien bloquea una intersección para avanzar unos metros declara que su urgencia vale más que el tiempo de todos; quien no cede el paso al peatón, conduce a alta velocidad o convierte el pito en una descarga de furia, demuestra cuánto nos cuesta reconocernos como parte de una comunidad.
Por eso, el tráfico es la primera conversación que una ciudad sostiene con sus visitantes, antes de conocer sus plazas o la amabilidad de su gente, el forastero recorre el trayecto entre el aeropuerto o la terminal y su destino, y si encuentra gritos, indisciplina y una disputa por cada centímetro de asfalto, comprenderá realmente cuál es el lugar al que acaba de llegar, porque las calles son un espejo del espíritu colectivo.
Y no se trata de responsabilizar a una administración, cuestionar un contraflujo o reclamar un agente en cada esquina. Las autoridades deben organizar la circulación, educar y sancionar, pero ninguna estructura institucional puede reemplazar la decisión íntima de respetar al otro, incluso un sistema construido con los mejores estándares fracasa cuando cada conductor interpreta el espacio público como un territorio para imponerse.
Quizá la transformación no comience con una gran obra, sino con gestos que parecen menores, tales como, detenerse ante la luz roja, permitir que otro vehículo se incorpore, bajar la velocidad y reconocer la fragilidad del peatón, estos son actos sencillos, aunque en ellos se juega una idea completa de civilización, porque es que, además, cumplir la norma por temor a la multa apenas contiene el caos, mientras que cumplirla por respeto funda comunidad.
Mientras conduzcamos desde la rabia, la desconfianza y el desprecio por la norma, ningún semáforo será suficiente; cuando aprendamos a movernos desde el cuidado y la conciencia de pertenecer a algo común, el tráfico dejará de ser solamente un problema de movilidad y entonces veremos que ordenar las calles era, en el fondo, una manera de ordenar el alma de la ciudad.
*Abogado.

