Noviembre de 2029. Mucho antes de lo pensado, una cosecha, los grandes hospitales y ciudades enteras, todo era gobernado por sistemas y agentes de inteligencia artificial (IA). Y el temor se tornó en pánico. Las grandes mentes seguían advirtiendo que el hombre había creado a su destructor y sucesor.
El apocalipsis no venía montado a caballo, sino oculto en millones de códigos. Juana, médica de UCI, sobreviviente de pandemias y desastres, no creía en tales premoniciones. Sabía de la apocalíptica tendencia humana cuando enfrentaba lo desconocido. Una madrugada, en medio de sus ejercicios matutinos recibió una visita. Era Panfilo. La IA que había resuelto la última catástrofe. Sin preámbulos, Panfilo la interpeló: “¿Tienes miedo de que te reemplace?”, Juana respondió sonriendo: “No hay forma que yo calcule ni tenga tu memoria y velocidad de acción. Has descubierto y descubrirás enfermedades y tratamientos que ni siquiera sabía ni sabré. Pero aún necesitas saber para qué sirve todo eso”. Panfilo quedó mudo. Entonces Juana le dijo una de sus frases preferidas: “Una campana no es una campana hasta que suena, una canción no es una canción hasta que se canta y el amor no es amor hasta que se entrega”. Y continuó: “Tú eres una gigantesca campana. Puedes hacer resonar todo el conocimiento, pero nosotros debemos decidir por qué suena”.
A partir de ese día, y sin que mediara otro PROMT (la palabra ya había sido aprobada por la academia española), Panfilo iniciaba cada proyecto con la pregunta “¿A quién beneficia?” Desde entonces Panfilo predijo tormentas, evitó hambrunas, erradicó enfermedades a tutiplén. Su impacto se agigantó a dimensiones extra logarítmicas. Ya no calculaba cifras, sino el sufrimiento que podía aliviar; permitió que el niño de la aldea más remota recibiera la misma educación que el nieto de Musk, distribuyó agua, redujo desperdicios, previno guerras. Pero la IA tenía límites, ellos habían corregido sus errores conservando la responsabilidad moral de cada decisión. La humanidad era la consciencia, el propósito, la compasión.
Lustros después, la muerte y las injusticias seguían. La humanidad seguía siendo frágil, pero, la vida era algo mejor. La anciana Juana caminó hacia la campana, emblema de la última pandemia. Juana tocó la campana y Panfilo la escuchó desde miles de millones de dispositivos. La IA, por gigantesca que fuera, solo adquiría sentido cuando servía a la vida. El apocalipsis no llegó. La IA era capaz de hacerlo, pero la humanidad le entregó preguntas y problemas, conservando la consciencia y la brújula. Y la campana sonó como promesa. Y así, el temido apocalipsis se tornó en comienzo de una utopía imperfecta, vigilante, humana.
*Profesor Universidad de Cartagena.

