Los resultados de las pruebas PISA volvieron a poner a Colombia en deuda con sus jóvenes. Aunque en comparación con el reporte anterior no nos fue tan mal en Matemáticas y Ciencias, en Lectura sí nos quedamos muy cortos.
Rajarse en lectura es muy grave, pues en ella reposa gran parte del aprendizaje. Más de 20 años trabajo en educación STEM en el Caribe colombiano me permiten ver cómo las dificultades en comprensión lectora se convierten en barreras para aprender matemáticas, ciencias y tecnología. Con frecuencia, la culpa recae sobre la inteligencia artificial, las redes sociales, y colegios y profesores; pero, a pesar de que muchos no estén de acuerdo, considero que también es necesario mirar hacia las familias y el contexto al que pertenece cada joven.
Muchos padres y madres utilizan su tiempo libre frente al televisor o consumiendo redes sociales. El agotamiento derivado de largas jornadas laborales no son el estado ideal para llevar a cabo hábitos de lectura y mucho menos para tener conversaciones sobre lo que en casa se lee. Los niños aprenden también de lo que ven; y, si en casa no se lee, ¿de dónde construyen ese hábito?
Pero hay una pregunta todavía más importante: ¿Acaso todos los niños colombianos tienen las mismas posibilidades de leer?
La brecha más grande en los resultados de PISA en Colombia se presenta entre los tipos de colegio. Según los datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), los colegios privados superan a los públicos, tanto urbanos como rurales. No podemos hablar de hábitos lectores sin hablar de desigualdad.
Soy mamá hace 15 años, pero educadora hace algunos más. El poder del hábito de la lectura me llevó a acercar a mi hija desde muy pequeña a los libros: los tuvo de plástico para la ducha, acolchados para abrazarlos mientras dormía, para dibujar, recortar y también digitales. Hoy, luego de varios años, lee casi todas las noches y pide unos minutos más para continuar haciéndolo, aunque al día siguiente nos espere la alarma temprano, al amanecer; pero esos diez minutos también son un privilegio: tiene luz para leer, un conjunto de libros entre los qué escoger y un ambiente tranquilo para hacerlo. ¿Cuántos niños tienen esa misma posibilidad?
Por eso, la responsabilidad no puede recaer únicamente en un actor. Necesitamos familias que acompañen, colegios que enseñen, docentes con herramientas y una política educativa que cierre las brechas y garantice que, actividades que parecerían ‘muy sencillas’, como leer, no sean un privilegio.
Es claro que para que un niño pueda abrir un libro, primero debemos asegurarnos de que tenga uno.
Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB ni a sus directivos.
*Profesora de la Dirección de Ciencias Básicas, UTB.

