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Columna

¿Y los derechos humanos del soldado?

“Los derechos humanos no son una bandera que se levanta solamente cuando resulta políticamente conveniente. Son un principio universal...”.

José William Porras

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Hay preguntas que incomodan porque obligan a mirar una realidad desde un ángulo diferente. Una de ellas es esta: ¿por qué cuando muere un menor reclutado por un grupo armado ilegal, hablamos -con toda razón- de una violación de los derechos humanos, pero cuando muere un soldado que lo enfrentaba, pareciera que sus propios derechos humanos dejan de importar?

Nadie debería defender el reclutamiento de menores. Un niño o un adolescente que es separado de su familia, adoctrinado, armado y enviado a la guerra es, antes que nada, una víctima. Quienes lo reclutan y lo convierten en instrumento de una organización criminal cometen una de las formas más crueles de violencia contra la infancia.

Pero precisamente por eso hay una pregunta que no podemos eludir: ¿dónde está la responsabilidad de quienes pusieron un arma en las manos de ese menor y lo enviaron a combatir?

Sin embargo, con frecuencia pareciera que algunas voces tienen una sensibilidad selectiva frente al sufrimiento. Cuando muere un menor reclutado aparecen inmediatamente las denuncias, los pronunciamientos y las exigencias. Cuando muere un soldado, en cambio, su muerte puede quedar reducida a una cifra dentro de un parte militar.

Eso no es una defensa coherente de los derechos humanos. Los derechos humanos no pueden depender de quién sea la víctima.

El menor reclutado merece nuestra compasión y nuestra protección; pero el soldado muerto también. El primero fue víctima de quienes lo reclutaron; el segundo puede haber sido víctima de quienes provocaron el enfrentamiento y utilizaron a ese menor como instrumento de guerra. No se trata de escoger entre el menor y el soldado; se trata de reconocer la dignidad de ambos.

Si realmente queremos defender los derechos de los niños, debemos combatir con toda nuestra fuerza el reclutamiento ilícito; pero también debemos reconocer que utilizar menores en la guerra no puede convertirse en una estrategia para deslegitimar a quienes cumplen la misión de proteger a la sociedad.

Hay algo todavía más preocupante: cuando se presenta al soldado exclusivamente como victimario y nunca como posible víctima, se termina deshumanizándolo. Y ningún discurso sobre derechos humanos debería deshumanizar a un ser humano. El menor tiene derecho a no ser reclutado, armado ni utilizado en la guerra. El soldado tiene derecho a no ser asesinado mientras cumple su deber. Y la sociedad tiene derecho a exigir que quienes reclutan niños, los arman y los envían al combate sean señalados como los verdaderos responsables de esa tragedia.

Los derechos humanos no son una bandera que se levanta solamente cuando resulta políticamente conveniente. Son un principio universal; por eso, frente a la muerte de un menor reclutado, debemos sentir dolor e indignación; pero cuando muere un soldado, también deberíamos detenernos un instante y preguntarnos: ¿Y los derechos humanos del soldado?

Porque si defendemos los derechos humanos de unos y olvidamos los de otros, ya no estamos defendiendo un principio universal. Estamos aplicando un doble rasero, y los derechos humanos para ser verdaderamente humanos, no pueden tener doble rasero.

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