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Columna

No todo favor se paga

“No está de más recordarle a quien todavía se aventura a leer una columna de opinión en un periódico impreso, que podemos hacer cosas por los otros sin esperar recibir por ello algo a cambio”.

MARTHA AMOR OLAYA

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El otro día iba caminando con las manos llenas de bolsas pesadas. Faltaba menos de diez metros para llegar a mi destino. El sol, ustedes saben mejor que yo, cómo se ha estado portando, así que sí, me derretía. Sentía que no lo iba a lograr, que mi cuerpo iba a ceder. Por las manos aguadas, se escurrirían las bolsas y entonces, caerían y se desparramaría en el pavimento hirviente lo que llevaba dentro. Un buen hombre, mayor ya, notó mi angustia y se acercó a ayudarme en ese último tramo. Le sonreí, pero me preocupó no tener dinero para pagarle. Afortunadamente encontré un billete de dos mil pesos y cuando se lo fui a dar, me dijo: no todo favor se paga.

Cuánta razón le asiste, pero insistí en que me recibiera el billete, y aunque le dije que era cierto lo que decía, inclusive, era lo mismo que pensaba mientras desconocía si tendría con qué pagarle, no iba a poder irme tranquila sin pagarle el favor. Y aquí mi punto.

Si bien, tarde que temprano el modelo capitalista nos va a tragar a todos, me he dado cuenta de que las redes sociales, internet en general, aceleraron ese proceso. Y lo pienso, porque hasta hace poco, cuando las comunicaciones no eran tan fáciles, el marketing de gran escala era cosa exclusiva de las grandes multinacionales. Al no estar tan conectados, no era tan simple unir la oferta con la demanda, lo que hacía que la necesidad por algo específico se supliera con lo que se tuviera más a la mano, que no indefectiblemente era con el proveedor de dicho producto, bien o servicio, sino en una forma personal o colectiva de resolver dicha necesidad. Entonces, lo colectivo, era la riqueza, hacer comunidad era toda la fuerza. Y justamente por eso, entre más íntimo y más pequeño el espacio ocupado en el territorio, más fuertes, más fijas, más leales y más duraderas las relaciones con los demás.

Desde que todo se simplificó a una transacción, ya son menos las miradas profundas a los ojos. Ya es escasa esa gratitud que solo se da con una sonrisa del alma. Cada vez es más infrecuente que alguien le deba algo a alguien, pues es raro que alguien sienta la necesidad de devolver la ayuda que ha recibido, porque la pagó instantáneamente con dinero.

La crisis de la soledad de estos tiempos posmodernos se centra ahí. Como decía Alvin Toffler, en el libro que publicó en 1979 y que fue premonitorio, la gente hoy se siente más identificada con alguien que está al otro lado del planeta que con sus vecinos. No tengo que ir muy lejos. Nuestros hijos (no el mío, aclaro) están obnubilados con la cultura k-pop, hablan idiomas extraños, pero les cuesta devolverte el saludo.

Sé que tengo que adaptarme, o moriré, como dicen, pero no está de más recordarle a quien todavía se aventura a leer una columna de opinión en un periódico impreso (también un artefacto en vía de extinción), que podemos hacer cosas por los otros sin esperar recibir por ello algo a cambio. A mis amigos y al amor, porque nuestra relación no ha sido una transacción, gracias por no dejarme en soledad.

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