Hace unos días, un gerente de banco durante una conversación que sosteníamos, me hizo una comparación poderosa. Me dijo que su labor se parecía a la de un médico: si diagnostica mal y receta la medicina equivocada, el paciente no mejora. Por eso su deber era comprender exactamente la realidad de la empresa y encontrar el producto financiero que le permitiera cumplir y recuperarse, y esto lograba que el banco recuperara su cartera de forma más efectiva y segura.
Esa actitud resume la banca que Colombia necesita. Una empresa no siempre se enferma por ser inviable. Puede vender, generar empleo y aun así enfrentar un desfase de caja: paga nómina y proveedores antes de recaudar. Si recibe un crédito a corto plazo, o con intereses muy costosos y con cuotas ajenas a su ciclo de caja, la supuesta medicina puede agravar al paciente de forma acelerada.
El diagnóstico técnico importa muchísimo. El capital de trabajo temporal puede requerir una línea rotativa. La maquinaria exige leasing o deuda de largo plazo, alineada con la vida útil del activo. La cartera demorada puede atenderse con factoring. Y una empresa viable en dificultad transitoria puede necesitar reestructuración y periodo de gracia, no el cierre de sus cupos o modificación de sus beneficios.
Con frecuencia el producto se ofrece según la meta comercial del banco y no según la necesidad de la empresa. Es como recetar lo disponible en la droguería, aunque no corresponda a la enfermedad del paciente. El resultado: más mora, empleos perdidos y probablemente la muerte de un proyecto que todavía tenía futuro.
Las cifras obligan a reaccionar. Confecámaras encontró que solo el 32% de más de 306.000 empresas creadas en 2019 continuaba activo cinco años después. No todas desaparecen por falta de financiación, pero un crédito mal estructurado o una receta financiera mal formulada sin duda acelera el desenlace.
No se trata de financiar empresas inviables ni de premiar malas administraciones, sino de conocer al cliente: revisar caja, estacionalidad, márgenes, endeudamiento, plazos de recaudo y destino de los recursos antes de formular una solución.
También hace falta medir si el producto cumplió su propósito: prestar no basta, hay que acompañar y corregir a tiempo si es necesario.
El Gobierno, la Superintendencia Financiera, Bancóldex, el Fondo Nacional de Garantías y las cámaras de comercio deberían crear un sistema de alerta y acompañamiento. Las cámaras pueden identificar empresas en riesgo y el regulador promover productos acordes con el propósito, plazo y capacidad de pago del negocio.
Por eso esta columna es para felicitar a ese gerente. Con su gestión, demuestra que tiene claro que detrás de cada balance hay empleos, familias y años de esfuerzo, y que cuidar la salud financiera de una empresa también protege la entidad que representa.
Mi invitación al sistema financiero es urgente: Colombia necesita más banqueros así; menos vendedores de productos y más profesionales que escuchen, diagnostiquen y formulen con responsabilidad los productos que cada empresa necesita; porque cuando un banco receta bien, no solo recupera un crédito: también puede evitar el cierre de una empresa, conservar empleos y mantener vivo un proyecto de país. Que su ejemplo no sea la excepción. Que sea la nueva regla de la banca colombiana.
