Quiero ser absolutamente franco antes de comenzar con estas líneas. No, no me “mamerticé”, como exclamó un conocido mío hace unos meses —a quien hoy solo puedo mirar con un profundo pesar, viendo cómo su brillantez intelectual se evaporó tras abrazar las fatales ilusiones de la izquierda—.
Dicho esto, debo confesar que, cuanto más leo, más estudio y más defiendo mi fe católica, más convencido estoy de la necesidad de trazar una frontera clara entre el poder terrenal y lo sagrado.
“Suena a liberalismo jacobino del siglo XIX, con sombrero de paja y levita roja”, dirán los fanáticos de la consigna fácil. Pero si miramos con rigor nuestra historia y el presente de la región, se entenderá el fondo de mi argumento. Con esto no pretendo apostatar de mi catolicismo ni generar pánico entre mis copartidarios; busco simplemente esclarecer una verdad incómoda que he venido madurando con los años.
Los que crecimos en el seno de la Iglesia sabemos que la fe es un bien inmaterial tan puro que cualquier intromisión temporal la corrompe. El amor por lo trascendente debe estar por encima de la mezquindad partidista.
Por eso resulta un insulto a la inteligencia ver cómo sectores de la izquierda —históricamente ateos, materialistas y furiosamente anticlericales— hoy se zambullen en devociones populares cuando les conviene. Si la pureza de la fe debe preservarse de las contaminaciones del mundo, el cinismo político hace exactamente lo contrario: utiliza lo sagrado como un vulgar disfraz electoral.
Para exponer este punto, vale la pena mirar dos momentos históricos. El primero es el olvidado caso de la misión pedagógica de 1924, cuando el ministro de Educación Miguel Arroyo Díez, un conservador de bien que solo buscaba modernizar la enseñanza nacional, intentó evaluar un sistema educativo monopolizado entonces por la Iglesia. La reacción fue desproporcionada: casi provoca una fractura diplomática con la Santa Sede y terminó frenando el progreso material del país por los recelos doctrinales.
El segundo caso es el que hoy nos abruma: ver a un líder de la izquierda sindical y expresidiario como Luiz Inácio Lula da Silva empuñar o cobijarse bajo la imagen de Nuestra Señora Aparecida en Brasil. La misma izquierda que venera a Marx, a Gramsci y a Stalin hoy se apropia de lo más íntimo de nuestra fe con el único propósito de retener el poder en sus manos.
Aquí surge la gran contradicción. Ver cómo la política contamina la fe me lleva a preguntar: ¿debe mantenerse separada? Sí, en la medida en que la política ensucia lo sagrado. Pero, por otro lado, si recordamos las lecciones de Álvaro Gómez Hurtado, comprendemos que una política desprovista de fe y de moral se vuelve un ejercicio vacío, ruin y puramente utilitarista. La fe, bien entendida, debe ser el faro que modere y limite la ambición del gobernante.
La conclusión es una paradoja exigente: la fe se mantiene más pura cuanto más lejos está de los tejemanejes del poder, pero la política solo se rescata de su propia bajeza cuando se somete a los mandatos eternos de la moral cristiana.

