comscore
Columna

El viejo anhelo humano de imitarse

“Frankenstein encontró, sin saberlo, la perfección de su experimento en el momento en que creó una criatura imperfecta como nosotros”.

Gonzalo García

Compartir

Vi hace poco la escena de un robot que, en el marco de los Juegos Mundiales, intentaba levantar unas pesas. La máquina perdió el equilibrio y cayó. Una imagen cómica que circuló como una demostración de las limitaciones que todavía tienen nuestros intentos por fabricar máquinas capaces de hacer lo que nosotros hacemos; pero mientras lo veía caer se me ocurrió que la escena podía leerse al revés.

Desde hace siglos -quizá desde siempre- el ser humano ha intentado imitar la naturaleza. La pintura quiso reproducir las flores; la escultura, el cuerpo humano; las flores artificiales aspiraron a conservar la apariencia de lo que se marchita. Luego vinieron los autómatas, los muñecos y al final, el sueño más ambicioso de crear algo a nuestra propia imagen. Ese viejo anhelo encontró en ‘Frankenstein’, de Mary Shelley, una de sus expresiones más poderosas. Víctor Frankenstein no se conforma con comprender la vida, sino que quiere fabricarla. Quiere vencer las limitaciones de la naturaleza y crear un ser extraordinario, pero su criatura lejos de convertirse en la obra perfecta que imaginó, termina siendo vulnerable, solitaria, necesitada de afecto, capaz de sufrir, de amar, de odiar y de ejercer la violencia; es decir, muy humana. No afirmo que esa fuera la tesis de Mary Shelley, pero su novela permite una lectura -paradójica- en la que tal vez Frankenstein fracasó en su búsqueda de la perfección y, sin embargo, alcanzó sin advertirlo una forma de éxito. Para imitar con exactitud al ser humano, su criatura no podía ser perfecta. Tenía que ser imperfecta como nosotros que nos equivocamos, calculamos mal, el cuerpo nos falla cuando más necesitamos que responda, perdemos el equilibrio y caemos. Somos vulnerables a la enfermedad, al accidente y al paso del tiempo. Nuestra inteligencia convive con el error, y la voluntad propia con nuestras limitaciones. Ese impulso es todavía más antiguo que Frankenstein. Ícaro quiso volar como los pájaros y terminó pagando con su caída el atrevimiento de acercarse al Sol. Ícaro está en cada tecnología que nos permite hacer lo que antes parecía reservado a la naturaleza.

Por eso volví a pensar en el robot que cayó. Esa máquina no estaba demostrando únicamente lo lejos que se encuentra de igualarnos, sino que de manera involuntaria, y casi irónica, acababa de acercarse un poco más. Si jamás se equivocara sería también menos humana, porque la perfección absoluta no es una de nuestras cualidades.

Es ahí donde reside la paradoja del viejo anhelo humano de imitarse; cuando buscando crear seres cada vez más perfectos, podríamos estar alejándolos de lo que pretendemos reproducir. Frankenstein encontró, sin saberlo, la perfección de su experimento en el momento en que creó una criatura imperfecta como nosotros. O como el robot, que intentó levantar unas pesas y cayó.

Siga las noticias de El Universal en Google Discover
Únete a nuestro canal de WhatsApp
Reciba noticias de EU en Google News