Durante años, el mundo ha vivido con una preocupación legítima: ¿qué ocurriría si Irán llegara a fabricar un arma nuclear? La pregunta no es menor. Un arma de esa naturaleza en manos de un Estado enfrentado con Israel, y que mantiene relaciones y vínculos con organizaciones armadas de la región, representa un riesgo que nadie puede ignorar.
Pero existe otra pregunta, igualmente importante: ¿cuánto puede costarle al mundo impedirlo?
La experiencia reciente con Irán obliga a formularla. La confrontación militar ha significado destrucción de instalaciones, enormes gastos militares, pérdida de vidas, ataques de represalia y una nueva inestabilidad en una región de la que depende buena parte del suministro energético mundial. Además, la guerra no garantiza que el conocimiento científico desaparezca ni que la voluntad de desarrollar una capacidad nuclear desaparezca con las bombas.
La propia experiencia internacional demuestra que destruir instalaciones puede retrasar un programa nuclear, pero difícilmente puede destruir el conocimiento para reconstruirlo. Después de un ataque, un país puede incluso tener mayores incentivos para ocultar sus instalaciones, reducir la cooperación con los inspectores internacionales y concluir que necesita una bomba precisamente para evitar ser atacado nuevamente.
Y aquí aparece una paradoja inquietante: la guerra emprendida para impedir la proliferación nuclear puede terminar debilitando el sistema internacional que intenta evitarla. Si los países llegan a la conclusión de que la transparencia y la cooperación con los organismos internacionales no los protegen, mientras que poseer un arma nuclear sí podría hacerlo, estaremos enviando al mundo el mensaje equivocado.
Esto no significa que el peligro de una bomba nuclear iraní deba minimizarse. Significa que debemos medir el problema completo. Una bomba nuclear en manos de un régimen dispuesto a desafiar el orden internacional constituye un riesgo; pero una guerra prolongada que pueda desencadenar una carrera nuclear en otros países del Medio Oriente también constituye un riesgo.
Tampoco debemos confundir al pueblo iraní con quienes gobiernan Irán ni, mucho menos, identificar el islam con el extremismo. El peligro no está en una religión, sino en la posibilidad de que armas de destrucción masiva queden bajo el control de gobiernos o actores que estén dispuestos a utilizarlas o transferirlas a organizaciones extremistas.
Por eso, la verdadera victoria para la comunidad internacional no debería ser simplemente impedir que Irán tenga una bomba. Debería ser conseguir que Irán no necesite una bomba para sentirse seguro, que sus instalaciones nucleares puedan ser verificadas internacionalmente y que cualquier intento de fabricar un arma tenga un costo diplomático y económico mucho mayor que el beneficio que pudiera obtener.
La humanidad ya aprendió, desde Hiroshima y Nagasaki, que las armas nucleares no tienen verdaderos vencedores. Por eso, antes de iniciar otra guerra para impedir que alguien consiga una bomba, deberíamos preguntarnos algo mucho más difícil:
¿El mundo que queda después de la guerra es realmente más seguro que el mundo que pretendíamos proteger?
Esa es la pregunta que debemos hacernos antes de volver a convertir el Medio Oriente en el escenario de una nueva guerra nuclear.
