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Columna

El médico perplejo

“En una consulta médica caben siglos de ciencia y humanismo. Una guía para el médico perplejo debería implementarse en las aulas para que el futuro médico sea capaz de integrar conocimiento y comprensión...”.

CARMELO DUEÑAS CASTELL

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Perplejo es, según el diccionario, la persona que enfrentada a algo yace dudosa, confusa, desconcertada, vacilante. Hace casi 900 años Maimónides integraba magistralmente medicina, filosofía y religiosa espiritualidad en su accionar médico y vital. Humanista universal como pocos, escribió ‘La guía de los perplejos’ para ofrecer humana integralidad y resolver los conflictos entre religión, ciencia y filosofía. La idea era armonizar fe y razón. Tengo para mí que el estaría perplejo ante la falta de coherencia entre los hermosos principios y la violencia ancestral de los creyentes de todas las religiones. Pero bueno, eso es otro tema.

Recientemente, en la revista New England Journal of Medicine, Dean Ariel reflexiona sobre la evolución del médico a lo largo de los siglos. Ese conocimiento universal, el natural humanismo y la amplitud intelectual que caracterizó al médico durante siglos fueron progresivamente relegados. El gigantesco crecimiento en el saber biomédico obligó a la especialización que permitió extraordinarios avances científicos. La necesidad de adquirir tanto conocimiento científico desplazó otros saberes básicos. Lamentablemente, además, trajo como consecuencia la fragmentación en la atención del paciente.

El ejemplo que pone Ariel es verídico: un paciente con diabetes, falla cardiaca y depresión, visto por varios especialistas con oportunidad y prontitud. A pesar de lo cual el paciente se deteriora progresivamente. Una simple conversación sobre su situación económica reveló una dimensión que el abordaje fragmentado había sido incapaz de detectar y que dolorosamente había ignorado. El caso evidencia que comprender la realidad del paciente requiere de algo que una información biomédica organizada carece. Ariel defiende las humanidades como fundamento de formación cognitiva, no solo para beneficio de los pacientes, sino como imperiosa necesidad para el bienestar del profesional que enfrenta dolor y muerte.

Es imposible abandonar la especialización. En una consulta médica caben siglos de ciencia y humanismo. Una guía para el médico perplejo debería implementarse en las aulas para que el futuro médico sea capaz de integrar conocimiento y comprensión de aquello que una gigantesca base de datos es incapaz de recoger. Esto es, interpretar el sufrimiento y las circunstancias personales. Un diagnóstico puede ser correcto, pero la decisión puede ser inadecuada. Para ello debe ser capaz de escuchar incertidumbres y necesidades, y dar una explicación honesta. Esa capacidad merece enseñarse como disciplina esencial del ejercicio médico y no como un rasgo personal. Lo decía Hipócrates: “Donde se ama el arte, se ama también a la humanidad”.

*Profesor Universidad de Cartagena.

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