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Columna

Mosquitas muertas y osos peludos

“Bailando sofocado dentro del pesado traje, vi a Sergio dispuesto a soltar el oscuro pelambre, para ponerse natural y bailar chandé. Tengo que preguntarle si por fin lo hizo. Las mosquitas muertas aseguran que sí y el Joe Arroyo decía lo mismo”.

Willy Martínez

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Cuando mi Marilyn Monroe se casó con el joven más rico de Cartagena, se convirtió en la estrella que más brilló en Manga. Era un espectáculo ver salir a esa rubia de la mansión en su convertible azul celeste. Había llegado como reina del Magdalena al Concurso Nacional de Belleza y por su radiante hermosura se hizo famosa.

Marilyn estimuló nuestra precocidad prematuramente. También impactó a jovencitas que empezaron a salir con cabello rubio, pañoletas de seda, vestidos ceñidos al cuerpo y diminutos bikinis. Marilyn influyó en una chica de Barranquilla que nos visitaba, todo lo hacía escondida, ponía cara de yo no fui y actuaba sigilosamente. Nosotros la creíamos santurrona, pero resultó ser la clásica mosquita muerta. Rafa Martínez y el Pichi Espinosa le inventaron una canción que yo interpretaba y que Joche Manzur y Albertico Vélez animaban. El altillo de la casa nuestra del Callejón Román que, decoramos con afiches de Marilyn Monroe y recortes de periódicos del reinado, fue el lugar que escogimos para hacer una sala de baile que bautizamos ‘Totumas Grill’. Unas totumas con huequitos permitían la salida de luces de colores que un motor de baterías las ponían a dar vueltas. Aquella variedad de destellos jugaban con la música que bailábamos, mirando en las paredes la figura deslumbrante de Marilyn. Buscando parejas para invitar al ‘Totumas’ nos encontramos a la Mosquita Muerta, ella quería escuchar la mejor música de Cartagena para bailar; un tesoro que solo guardaba nuestra discoteca privada. Un tiempo después en una fiesta del Club Popa con la orquesta A#1 hizo su debut. Se presentó en minifalda despachando besos. Su alto voltaje puso en alerta a las mangueras y popanas que observaban a sus novios hipnotizados. Peor fue cuándo bailó, todos querían apercollarla. Es una fufurufa, decían, es brincona, quitanovio, raspacucayo y bandolera. Días más tarde, danzaba en la Batalla de Flores del Carnaval de Barranquilla. Lo más sorprendente fue ver que lo hacía junto a una chica de Manga, reconocida mojigata que se vestía como novicia y no mataba una mosca. Aparecieron cual garotas bailando ‘Chandé’, del Joe Arroyo, y solo tres tapitas de Cerveza Aguila cubrían su intrigante intimidad. El público de la Vía 40 miraba fijamente sus esbeltos cuerpos y desenfrenados ritmos, mientras la comparsa de los ‘Osos peludos’, donde participaba Sergio Espinosa, las seguía con gruñidos seductores. Bailando sofocado dentro del pesado traje, vi a Sergio dispuesto a soltar el oscuro pelambre, para ponerse natural y bailar chandé. Tengo que preguntarle si por fin lo hizo. Las mosquitas muertas aseguran que sí y el Joe Arroyo decía lo mismo.

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