América Latina experimenta una reconfiguración política. Las victorias de Kast en Chile, De La Espriella en Colombia, Fujimori en Perú, Fernández en Costa Rica y la probable elección de Bolsonaro en Brasil, reflejan un giro electoral hacia la derecha. La pregunta es inevitable: ¿Asistimos a un movimiento pendular transitorio o a un cambio más profundo?
Quizá Aristóteles puede ayudarnos a interpretar lo que las urnas intentan decirnos. Para el estagirita, la política no era una interminable disputa ideológica, sino una actividad que hacía posible la vida buena en comunidad; digo lo anterior, porque tal vez allí, en las problemáticas cotidianas de millones de latinoamericanos, esté la clave para comprender este movimiento pendular. No todos los que votan por la derecha son conservadores, ni quienes abandonan a la izquierda renuncian a la justicia social. Quizás reclaman algo más inmediato: vivir sin miedo, trabajar, progresar y tener gobiernos eficaces. Tres razones ayudan a explicar este movimiento.
La primera es económica. Durante décadas, la izquierda latinoamericana situó la redistribución en el centro de sus proyectos políticos, olvidando que ninguna sociedad puede distribuir indefinidamente la riqueza que no produce. La justicia social necesita inversión, empresas, productividad, empleo formal y responsabilidad fiscal. Sin esa base, las promesas de bienestar pueden convertirse en espejismos, como revelan, con matices diferentes, la situación de Venezuela y Argentina.
La segunda es sociocultural. El trabajador que imaginaban las viejas doctrinas de la lucha de clases también se ha transformado. Muchos jóvenes ya no sueñan con confrontar al empresario, sino con convertirse en uno: emprender, construir patrimonio y conquistar un lugar en la sociedad. La derecha ha sabido interpretar ese cambio de aspiraciones. Byung-Chul Han ha descrito con lucidez esta situación: el neoliberalismo ha convertido al individuo en empresario de sí mismo, hasta el punto de que explotador y explotado terminan habitando el mismo cuerpo. Comprender esta transformación exige reconocer, simultáneamente, las aspiraciones legítimas de prosperidad y las nuevas formas de precariedad y autoexplotación que las acompañan.
La tercera tiene el rostro del miedo: el comerciante extorsionado, la familia que teme el reclutamiento de un menor, el barrio sometido por criminales. Allí la seguridad no es retórica: es condición para la vida y la libertad. Quien tiene recursos contrata protección, pero la mayoría depende de un Estado capaz de garantizarla. Cuando el miedo gobierna la vida cotidiana, las promesas de orden y autoridad dejan de ser consignas ideológicas, para convertirse en presupuesto de sobrevivencia.
¿Continuará este giro pendular? Dependerá de la lucidez que tengan las izquierdas para mirarse críticamente. Marchar y protestar no será suficiente. Tendrán que reinventarse ideológicamente: reconciliar la igualdad con la productividad, las garantías sociales con el emprendimiento y los derechos con la autoridad legítima. Hay verdades que nadie puede ignorar: no puede haber redistribución si antes no se produce la riqueza, ni puede garantizarse la libertad allí donde el miedo sustituye al Estado.

