Ser un revolucionario de redes sociales y mecedor hoy en día requiere de una puntería y una hipocresía de niveles extremos. El libreto es el mismo de siempre: tirarles vainas a los gringos, culpar al “capitalismo salvaje” hasta porque amaneció lloviendo y mirar por encima del hombro a cualquiera que le guste el libre mercado o trabaje para hacer empresa.
Pero apenas aparecen diciembre, Semana Santa o cualquier otra temporada de vacaciones, el discurso se les olvida rapidito. Ahí sí no los ves armando maletas para irse a pasar frío a Rusia o a pasar trabajo a Cuba; qué va, se van de cabeza a Orlando a tomarse la foto con Mickey o a gastarse los dólares en Nueva York mientras montan foto en Instagram.
Es un caso de estudio buenísimo para un doctorado en falsedad. Te meten una labia de tres horas sobre cómo las multinacionales nos dominan y nuestro presidente se arrodilla ante Trump, pero se la pasan metidos en Mac Donalds, pidiendo ropa por Amazon y grabando sus quejas con un iPhone. Al parecer. Todos disfrutan películas americanas, tienen Netflix y toman Coca-Cola. La “opresión imperialista” es sabrosa si viene con aire acondicionado, descuentos en marcas de lujo, diversión a color o comida barata.
Pero lo más gracioso de este circo viene cuando la supuesta utopía socialista que aplauden en redes y por la que hacen paros “pacíficos” les estalla en sus propios bolsillos. Cuando la economía se va al piso, no hay luz, no hay comida, no tienen trabajo y la cosa se pone color de hormiga, el amor por la revolución se les congela. ¿Y a dónde corren a buscar auxilio? ...Agarran su maleta y directo para Miami. El lugar que tanto critican por ser cuna del exilio, y el consumismo se vuelve su balsa de salvación para montar un negocio y vivir sabroso a costa de un familiar o amigo que está viviendo el Sueño Americano.
Allá sí piensan en prosperar y trabajar (obviamente de ilegales) limpiando casas para comer. Al llegar a USA se tragan sus palabras y se ajustan al estilo gringo, donde se vive para trabajar y se triunfa si ‘camellas’ o tienes un talento especial que no sea criticar. Si han trabajado para el gobierno, probablemente ya tengan apartamento en Brickell y todo será más fácil.
El final de la película es pura comedia de la buena. El día que la Embajada americana les mete el susto de sus vidas cancelándoles la visa, el orgullo comunista se les desarma en dos segundos. Les da un patatús, se ponen a llorar en redes y les entra un arrepentimiento inmediato. El “imperio opresor” pasa a ser el país más lindo del mundo al que “necesitan viajar por urgencia familiar”. En fin, la izquierda lo tiene clarito: el socialismo es para vivirlo de boca hacia afuera, pero la buena vida se disfruta y se llora en dólares.
