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Columna

La casa vacía

“La ciudad es cada vez menos nuestra. Los tumultos y las aglomeraciones hacen que permanezcamos más tiempo encerrados”.

MARTHA AMOR OLAYA

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Me imagino que tengo 87 años. Los achaques de salud y la edad tienen mi movilidad reducida al 50%. Me sacan de la casa en una ambulancia directo al hospital por las afectaciones de salud que me ocasionaron el dolor de tener que dejar el hogar en el que viví por más de 70 años, y la preocupación de no saber a dónde viviría en lo que me resta de vida. Esos dolores del alma hacen que de ese hospital salga 14 días después, muerta. Poco antes de llegar al fin, me anuncian que cuando me den de alta, podré volver a casa, gracias a las protestas que se hacen en mi nombre motivadas por el desahucio que me aplicó un fondo buitre.

He recreado los últimos días de Maricarmen Abascal, la mujer símbolo de la grave crisis de vivienda y de la lucha contra los desahucios en España. Su caso, representa el drama de miles de personas mayores y familias afectadas por la subida desorbitada de los alquileres.

A hoy las movilizaciones se mantienen firmes en Madrid, con extensión en otras ciudades como Barcelona y Bilbao, más el anuncio de una huelga general el 11 de noviembre para exigir el control estricto de los precios de alquiler, la prohibición absoluta de desahucios sin alternativa habitacional real y medidas severas contra la compra especulativa de vivienda por parte de fondos buitre.

Se han reído de mi cuando he dicho que miremos la crisis de la turistificación y la gentrificación en España, para aprender de sus casos y generar controles antes de que el problema sea inmanejable. Con este referente podemos ver anticipadamente las consecuencias nefastas del crecimiento desmedido y descontrolado especialmente en la adquisición especulativa de propiedades que expulsan a los cartageneros de sus hogares y destruye el tejido social, las características esenciales de un territorio y la identidad cultural de una calle, una cuadra, o un barrio entero, generando además un profundo desarraigo que va en detrimento de la propia construcción de ciudadanía. Se acabó el tradicional San Diego, ahora es otro, completamente otro, en sus casas no queda ninguno de los vecinos que se hablaban a través de la ventana o de pretil a pretil, solo hoteles, restaurantes y hostales. Perdimos a Getsemaní y ya vamos por los tradicionales barrios de Manga, Torices, Paseo Bolívar y Daniel Lemaitre.

La ciudad es cada vez menos nuestra. Los tumultos y las aglomeraciones hacen que permanezcamos más tiempo encerrados. El costo de vida tan alto hace que tengamos cada vez más privaciones de goce y disfrute de nuestra ciudad.

Hay un síntoma particular que debería revelarnos la llegada de la crisis. El desempleo desbordado y la poca capacidad adquisitiva de nuestros ciudadanos, hacen que edificios enteros permanezcan vacíos porque sus propietarios son de otra ciudad y nadie de aquí tiene cómo pagarles el arriendo, mientras algunas puertas se cierran para convertir el suelo en camas, o lo que es peor, las aceras se llenan de personas sin techo. El síndrome de la casa vacía en una ciudad llena, nos debería indicar que ya no se puede esperar para actuar.

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