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Columna

Urgencias de la transparencia

“No podemos olvidar que el mismo que pronunció con contundencia los ‘ay de ustedes’ es el que igualmente nos dijo que somos bienaventurados y felices cuando nos aproximamos con amor a los favoritos del Reino...”.

Ignacio Antonio Madera Vargas

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Varios relatos evangélicos nos presentan a Jesús hablando claro y certero cuando se refiere a la falsedad y la hipocresía. Esa bella cualidad tan difícil de igualar por cualquiera de nosotros, hablar con autoridad porque lo que dice coincide con lo que se hace y la propia historia no da lugar a dudas sobre su pasado de juventud, adolescencia o niñez, es la que resuena en estos pasajes “Ay de ustedes”

Cada afirmación suya está señalando el norte, pidiéndonos, en primer lugar actuar con autoridad y no como los dueños de lo religioso, los que se creían con la verdadera fe, con el cumplimiento estricto de los ritos y de las costumbres relativas a la oración, las comidas, la atención a las visitas, la aceptación incondicional de las leyes y lejanos de los menesterosos y despreciados, rechazando a los niños, símbolos del Reino, porque ellos expresan espontaneidad, transparencia y alegría.

Necesitamos de esa transparencia que brota cuando vamos más allá de las ideologizaciones polarizantes y asumimos una conciencia crítica; esa que discierne y decide por cuenta propia y no por los manejos de discursos amañados de un lado o del otro. Parece que vamos perdiendo el norte de la claridad y nos vamos sumiendo en una oscuridad de mentiras, amenazas, desafíos, altanerías y mala educación.

Urge que nos ubiquemos ante la necesidad de ser transparentes, dejar de aparentar lo que no somos, mirar sobre los hombres orgullosos de nuestros poderes o privilegios. Desde Jesús acojamos la llamada a no abusar de nuestros ritos y sustituir la compasión, la justicia, la defensa del derecho a ser humanos y la defensa de la dignidad de toda persona humana por ceremoniales y apariencias de una religiosidad poco clara; porque mientras coloca normas y va rechazando a unos y otros por no ser de los suyos, mancilla la verdad con un cinismo que en el decir del libro del Apocalipsis, generaba desde Dios el deseo de vomitarlos de su boca, porque no se era ni frío ni caliente (Apocalipsis 3,15-16).

Pero no podemos olvidar que el mismo que pronunció con contundencia los “ay de ustedes” es el que igualmente nos dijo que somos bienaventurados y felices cuando nos aproximamos con amor a los favoritos del Reino, cuando somos sencillos y espontáneos por ello vivimos la mansedumbre. Felices cuando trabajamos por la paz y no somos cobardes para denunciar todo lo que en nombre de la paz o la seguridad provoca violencia y muerte. Felices porque con pequeñas acciones de cristalina generosidad vamos negándonos a toda manipulación de la verdad y a toda competencia desleal. Ciertamente que estas cosas se revelan a los sencillos, a los que no se sienten absolutos portadores de la verdad, sino van descubriendo en la trama de lo que nos pasa los susurros del Espíritu pidiendo mantener la esperanza, porque los tiempos son duros y el viento arrecia.

*Teólogo Salvatoriano, Parroquia Santa Cruz de Manga.

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