Columna

¿Chaplin? ¿Quién es ese?

“Se diluye la maduración colectiva en una sala de cine; sucumben los cineclubes y la curiosidad por conocer los misterios fílmicos”.

RICARDO CHICA GELIS

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Venimos experimentando un acelerado proceso de vaciamiento cognitivo, por cuenta de la expansión de la ignorancia como proyecto político, lo que consiste en despreciar el saber. Poco a poco se ve con desconfianza a la persona formada, educada, culta o erudita. En general, experimentamos el desmonte de la cultura intelectual secular que apareció con la Ilustración en el siglo XVIII y que tuvo manifestaciones muy interesantes en Cartagena.

La cultura intelectual secular se refiere a educarse en humanidades, en el pensamiento científico y sus métodos, y también, en nuestra capacidad de interrogar el mundo desde el Caribe, toda vez que aquí se formó gran parte del mundo moderno. La cultura intelectual secular se distingue de la cultura intelectual clerical, la cual dominó la educación durante el período colonial; de tal manera que, cuando aparece el período de las revoluciones en el Nuevo Mundo, no solo se dan las independencias políticas, sino que acaecen cambios en la economía, la tecnología, la estética, las comunicaciones, la sociedad y la cultura, y también en lo que se conoce como el espacio público de la ciencia.

Fíjese usted: a lo largo del siglo XIX Cartagena tuvo más de doscientos periódicos, y al darles un vistazo, la palabra ‘ciencia’ es recurrente en muchos de los escritos. El espacio público de la ciencia es una sensibilidad que se inserta en la conversación cotidiana, de tal manera que, para la sociedad cartagenera, el esfuerzo por educarse cobró cada vez más relevancia. Había fe en el rigor académico y confianza pública en los profesionales locales que se formaban para servir a la nación.

El vaciamiento cognitivo, el desmonte de la cultura intelectual secular que marca nuestros tiempos, repercute en nuestra experiencia cinematográfica; de tal forma que saber de cine importa cada vez menos.

La cultura cinematográfica consiste en una percepción estética, donde se entrena el gusto y el saber por la narración en imágenes, lo que implica una experiencia inmersiva de dos horas y fascinarse con su análisis en todos sus aspectos. Conocido como el ‘Séptimo Arte’, el complejo proceso del cine conecta con las ciencias sociales, humanas y naturales.

Se impuso la idea (o, más bien, la directriz) de que el conocimiento tiene validez solo si viene de la ciencia, las matemáticas, la ingeniería y la tecnología; es decir, si es un conocimiento aplicado. Se diluye la maduración colectiva en una sala de cine; sucumben los cineclubes y la curiosidad por conocer los misterios fílmicos; se renuncia a valorar la belleza cinematográfica y al arte genuino que aspira a reconocer la verdad de las cosas.

En el desbarrancadero del vaciamiento cognitivo, resultan sintomáticas las preguntas: ¿Chaplin? ¿Quién es ese? Yo no lo conozco”.

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