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Columna

Francia arde: la extrema derecha sonríe

“Lo que pasó este fin de semana en Francia es la misma historia de siempre: la izquierda sale a las calles a manifestarse, la cosa se les va de las manos y grupos de alborotadores aprovechan el desorden para dar rienda suelta a su rabia y frustración social”.

Alfredo Ramírez Nárdiz

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Este fin de semana ardió el ayuntamiento de Limoges. Sobrevivió a la Primera Guerra Mundial. A la Segunda. Pero no sobrevivió a los disturbios en los que derivó una protesta juvenil por una mejor educación pública. Cosas de ser francés. Cada país tiene sus costumbres y una de las principales de los galos es la revolución. El problema de la revolución es que, si no la ganas y consigues cambiar el mundo, el mundo rebota en tu cara en forma de las fuerzas conservadoras ganando las siguientes elecciones. Ya pasó después de mayo del 68, que tan pronto como la gente votó, lo hizo en masa a la derecha gaullista. Y los revolucionarios que pensaban que iban a cambiar el mundo se encontraron con que la mayoría social estaba mucho más aburguesada de lo que ellos creían.

Lo que pasó este fin de semana en Francia es la misma historia de siempre: la izquierda sale a las calles a manifestarse, la cosa se les va de las manos y grupos de alborotadores aprovechan el desorden para dar rienda suelta a su rabia y frustración social. Robando en tiendas, destruyendo mobiliario urbano o quemando ayuntamientos. Abrieron de par en par las puertas del poder a la extrema derecha. En España en 2011, tras nuestras mayores movilizaciones sociales, en las siguientes elecciones ganó la derecha con mayoría absoluta. Siempre pasa lo mismo. Los revolucionarios, de todos los tiempos y lugares, tienen tendencia a creer que están en posesión de la verdad y no les cabe en la cabeza que haya gente que piense distinto. El problema es que en un país mínimamente desarrollado y próspero lo que la mayoría de la población quiere no es la revolución, sino pagar la hipoteca y llegar a final de mes. Y para eso se necesita por encima de todo paz social y estabilidad. Con lo que al principio todos apoyan las protestas sociales, pero tan pronto como escalan y se convierten en disturbios y en proyecto de revolución, las masas huyen despavoridas en busca de alguien que les ofrezca seguridad.

Entonces, ¿quién ganará las elecciones presidenciales francesas de dentro de seis meses? Una señora llamada Le Pen. ¿Y qué hará nada más ganar? Darle tan duro como sea capaz y posiblemente más a todo lo que huela a izquierda. ¿El dinero para la educación? Se irá en policía. ¿Los subsidios para los habitantes de los barrios marginales? Se gastará en represión. Y, como tantas veces antes, la historia se reirá de todos aquellos que creyeron que sus compatriotas querían algo que no fuese paz, seguridad y orden.

*Universidad Autónoma de Barcelona.

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