No es claro si la inteligencia artificial (IA) está aumentando o disminuyendo nuestra agencia humana. Esa capacidad consciente e intencional de las personas para tomar sus propias decisiones, actuar sobre su vida y sobre su entorno con previsión, autorreflexión y libertad, se constituye en una de las cualidades que nos define como humanos.
Gran inquietud surge si la agencia humana disminuyera por cuenta de una mayor presencia de la IA; que, en vez de pensar más, pensemos menos; que la mente tome el camino del menor esfuerzo y se atrofie; que caigamos en la trampa de la ilusión de la competencia y nos creamos capaces de realizar cualquier tarea, más fuertes y soberanos, pero que en realidad seamos más dependientes de una herramienta; que se pierda el gozo del encuentro humano, del trabajo en equipo, con ‘permiso’ para fallar, para aprender, para crear, para gozar.
En mi práctica como docente y arquitecto también he experimentado esta disyuntiva. Por una parte, me he apoyado en la IA para asuntos laborales, la he utilizado como espejo cognitivo de mis propios procesos internos, psicológicos y relacionales, y puedo decir que he alcanzado niveles de autorreflexión y autoconocimiento que nunca hubiera podido alcanzar únicamente con asesoría humana. El grado de intensidad y profundidad de los interrogantes resueltos en tiempos más cortos ha sido asombroso y mi capacidad metacognitiva me suministró el discernimiento necesario para evaluar y juzgar la conveniencia y éxito de mis interacciones.
Pero, por otra, soy consciente de que muchas de mis interacciones han sido motivadas por el afán de acumulación de conocimiento y de logro a corto plazo. El mundo actual empuja al ser humano hacia procesos de auto optimización y auto explotación, ya abordados por Byung Chul Han en su ensayo ‘La sociedad del cansancio’, dentro de una lógica malsana de competencia y de comparación. Es ahí donde la IA ha encontrado un terreno fértil para expandirse.
Soy por naturaleza muy optimista con la tecnología. La humanidad ha encontrado en el pasado los caminos adecuados para integrar positivamente los cambios tecnológicos a la experiencia humana; sin embargo, es claro que la IA representa un salto cualitativo en el desarrollo de la humanidad, pues nunca en su historia una herramienta había adquirido la capacidad de aprender, de responder y de resolver problemas con tal grado de autonomía.
Tener presente que la IA es una creación humana es imperativo. Es el humano quién hace aparecer a la IA a través de su interacción con ella. Visto así, desde una postura crítica y consciente, es posible aspirar a una humanidad aumentada en vez de disminuida.
Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB ni a sus directivos.
*Director del Programa de Arquitectura, UTB.
