Quien haya visto un documental sobre lobos sabe que esos animales no andan solos por el monte, sino que viven en manada, porque es justamente lo que les permite sobrevivir. En grupo cazan presas que individualmente jamás podrían tumbar, reparten la comida para que nadie se quede atrás, cuidan entre todos a los cachorros y se defienden de animales más grandes que ellos, de modo que la jauría funciona casi como un solo cuerpo en el que cada uno sabe lo que le toca.
Pero a veces un lobo se aparta, ya sea porque se desvió, porque la manada se fue reduciendo hasta dejarlo solo o porque, como pasa con los jóvenes, salió a buscar pareja para fundar su propia manada. Ese lobo solitario la tiene difícil, pues no caza bien, no tiene quién le cuide la espalda y anda expuesto a todo, así que muchos terminan muriendo en el intento.
No hace falta irse al bosque para ver esa escena, porque a nosotros nos pasa algo parecido y, aunque también somos animales de manada, difícilmente nos acostumbramos a trabajar en comunidad, a que cada uno cumpla un papel importante, pero enlazado y respetando al de los demás, como vasos comunicantes o como un sistema que solo funciona en conjunto. Por el contrario, el egoísmo nos ha ido llevando por senderos solitarios en los que quedamos tan expuestos como ese lobo que cuando se va, pierde él y pierde también la manada que deja atrás.
Basta mirar alrededor para notar que hemos olvidado ver al prójimo como hermano, nos negamos a descubrir en él una extensión de sí mismo, como en la manada, donde todos actúan en correspondencia con los demás. Hoy, en cambio, lo vemos como enemigo, o peor, como una cosa que se puede mover de un lado a otro según nos convenga, y no como una pieza viva del engranaje que nos sostiene a todos. Por algo se sigue citando la frase que Thomas Hobbes tomó de Plauto: ‘Homo homini lupus’, ‘El hombre es lobo para el hombre’, y me gusta pensar que en el fondo hablaba de lobos solitarios, esos que ya olvidaron que su fuerza estaba en la manada.
Un ejemplo claro está en la manera como tratamos el medio ambiente, porque explotamos la tierra sin pensar en lo que va a quedar, usamos los ríos como si fueran eternos y les sacamos a los mares todo lo que se pueda, cuando resulta que ese ecosistema es lo único que nos mantiene vivos. Si lo seguimos golpeando para favorecer el interés de unos pocos, ¿qué le queda al resto del planeta? Pues nada, y hasta hay quienes sospechan que ciertas enfermedades terminan siendo negocio para unos cuantos, cosa que, sea cierta o no, dice mucho de la desconfianza en la que andamos.
Por eso creo que vale la pena preguntarnos si queremos seguir llenos de lobos solitarios, cada uno cazando para sí mismo y cada vez más débiles, o si todavía somos capaces de volver a la manada y poner el bienestar común por encima del propio, que a la larga es la única forma de salir adelante.

