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Columna

A sacar la olla

“Que bien por los gestores culturales, artistas y la institucionalidad, porque lograron enhebrar en la cultura del país una festividad propia que se resiste a morir entre calabazas y vampiros. Así también se construye La Cartageneidad”.

CARLOS ANDRÉS BROCHET BAYONA

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Hace un par de años una festividad con arraigo cartagenero fue incluida en la Lista Representativa de Patrimonio Cultural Inmaterial del ámbito nacional, por parte del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes. Al parecer la celebración del ‘Ángeles Somos’ es producto del sincretismo que se originó con el choque y superposición de culturas hispanas, indígenas y africanas; esta tradición coincide con el Día de todos los Santos, fiesta que a su vez se creó para conmemorar cada 1 de noviembre a los protomártires que fueron perseguidos en los inicios de la era cristiana.

Sobre la identidad popular de ‘Ángeles Somos’, en diálogo con esta casa editorial Rosa Díaz de Paniagua sostuvo: “Nuestros antepasados indígenas celebraban en agosto un ritual simbólico que representaba el encuentro de los niños vivos con los niños muertos... En 1554, los Franciscanos llegaron a Getsemaní y hacen la obra Pía, que es la obra para los niños expósitos y ellos traen la utopía de San Francisco de Asís que se basa fundamentalmente en el trabajo con los niños y el cuidado de la casa común. Desde ese momento se empieza a celebrar esta tradición y se traslada al 1 de noviembre que es el ‘Día de Todos los Santos’.

De niño recuerdo muy bien el ritual: posterior al Halloween acudíamos a un punto de encuentro predeterminado en el barrio, el cual solía ser la terraza o el patio fresco de la casa de alguien que servía como un comando de operaciones, lugar también que apodaban como la ‘Casa del Ritmo’, una especie de albergue multipropósito que recibía a todo aquel que quería desarrollar sus habilidades blandas. Arropados por el follaje de un palo de mango, alguien leía en su cuaderno Jean Book los pegajosos estribillos que comenzaban con el “Ángeles somos del cielo venimos pidiendo limosnas pa nosotros mismos”; ollas, tapas y cucharas eran repartidos como instrumentos de percusión; a eso de las 10 de la mañana y al son del Tintililillo una romería de imberbes se dirigían de casa en casa para recibir todo tipo de manjares: tubérculos, arroz, maíz, plátano, papa, verdura, harina, granos; “la liga” era difícil de conseguir, pero aun así la gente en su innata generosidad arrojaba presas de pollo, costilla, carne, hasta salchichón; a eso de las 12 p.m. volvíamos para poner el botín sobre una mesa e iniciar la preparación. El olor a leña predecía la llegada del fin de año, mientras el sancocho, un solidario plato típico ancestral ebullía junto a cientos de historias que se consumían alrededor del fuego. Hacia las 5 p.m. comenzaba la retirada, hartos y con la angustia que genera un domingo al atardecer, cada uno regresaba a casa, conservando las anécdotas de una épica jornada.

Que bien por los gestores culturales, artistas y la institucionalidad, porque lograron enhebrar en la cultura del país una festividad propia que se resiste a morir entre calabazas y vampiros. Así también se construye La Cartageneidad.

Guarrú: Tras el Día de los Santos llega el Día de los Fieles Difuntos; otra jornada de recordación para los que partieron y aunque no tienen aureola, los seguimos extrañando.

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