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Columna

Lo que va de un día a otro

“Ángeles Somos nos recuerda que la verdadera riqueza de nuestra cultura no radica en el consumo forzado, sino en la capacidad de abrir la puerta al vecino, sonreír y educar a las nuevas generaciones...”.

El Universal

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Como sociedad, padres de familia, educadores y ciudadanos, nos asiste el deber de reflexionar sobre el trasfondo humano, formativo y social que encierran dos manifestaciones culturales que coinciden en el calendario con apenas unas horas de diferencia: la noche del 31 de octubre y la mañana del 1 de noviembre.

Lejos de constituir simples fechas de ocio inofensivo en el almanaque, representan dos maneras opuestas de concebir la infancia, el juego, la convivencia barrial y el uso de los espacios comunes. En la víspera, los centros comerciales, discotecas y plataformas digitales se saturan de invitaciones concebidas alrededor del espanto, el terror y la fascinación por lo siniestro. La atmósfera visual que domina la escena repite códigos cargados de tinieblas, casas y edificios sombríos. Se trata de una festividad volcada predominantemente hacia el público adulto o adolescente, importada de otras latitudes y gobernada por una lógica comercial implacable, donde la diversión parece condicionada al gasto monetario en disfraces desechables y el consumo de alcohol como eje de socialización.

Otra cosa, diametralmente opuesta, es la que nos encontramos en la mañana del 1 de noviembre, donde la imagen de los niños y niñas es semejante a un ángel, donde no se requiere nada para salir a disfrutar, ni disfraces, ni ropa especial; los niños y niñas se apropian de la calle, cantado y pidiendo con una olla elementos para hacer un sancocho al final de la mañana. Los adultos van como acompañantes, protectores, en especial al momento de hacer el sancocho, en el juego, en el jolgorio, en el sano desorden, donde la alegría es la constante. Una celebración originada en la Iglesia Cristiana de Siria del siglo IV, retomada por la Iglesia Católica en el siglo VIII y que en nuestro medio llegó con los Franciscanos y se enriqueció con los aportes de los rituales de nuestros indígenas, y en más de tres siglos de colonia, los esclavizados le aportaron el carácter festivo, la alegría, la fiesta comunitaria, colectiva y de la calle.

Estamos ante dos modelos de celebración y de tejido social. Uno se sustenta en el goce para el cual es menester disfrazarse y recogerse en algún sitio privado; el otro convoca a ganar la luz del día, a rescatar el espacio público y a revitalizar la solidaridad vecinal entre generaciones. Ángeles Somos nos recuerda que la verdadera riqueza de nuestra cultura no radica en el consumo forzado, sino en la capacidad de abrir la puerta al vecino, sonreír y educar a las nuevas generaciones en la generosidad y el gozo de convivir. Lo que puede existir y desarrollarse detrás de estas dos propuestas de fiestas es determinante en los procesos de construir una sociedad basada en valores, en el disfrute de los espacios públicos, en las calles.

Dos días que son la síntesis de dos modelos de diversión, de relaciones, de expresión cultural.

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