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Columna

El Cybercap

“¿Y qué pasó luego? Pues aquí estoy en el Tránsito, explicando qué carajo hacía yo con un carro cohete en la ciudad, cuando mi pase de conducir, de vaina, alcanza para manejar un Renault 4”.

Jorge Rumié

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Para aquellos que no lo saben, el señor Elon Musk es la persona más rica del mundo y, como nos conocemos desde jóvenes, no para de pedirme favores sin enviarme un dolarcito de honorarios que ayude -por lo menos- con las rosquitas y la Kola Román.

Su último mensaje de WhatsApp decía lo siguiente: “Mi estimado Kike, muchos recuerdos y con ganas de verte nuevamente para que juguemos ‘Monopolio’ como en aquellos tiempos cuando estábamos más limpios que una pepa de guama”.

Luego prosiguió: “Necesito un favor: vía puerto de Cartagena, te estoy remitiendo a tu nombre -con todos los impuestos pagos- un Tesla ‘Cybercab’ (un taxi 100% autónomo, que no tiene volante, pedales ni retrovisores), para que lo puedas probar en esas calles indómitas de Cartagena, llenas de Rappis, mototaxis, peatones acalorados y ‘zapaticos’ desquiciados que acá en USA no tenemos”.

Pues bien, nacionalizado el vehículo, las instrucciones de Musk eran precisas: “Lleva el carro por Zaragocilla, Bazurto y Bocagrande, pero ten cuidado con el agua salada, que sus circuitos electrónicos y sus pilas de iones de litio son delicados”. Luego finalizó con posdata: “En caso de emergencia, el Cybercab enviado tiene incorporados cuatro propulsores de alta presión para que puedas escapar volando como en las películas de James Bond”, remató.

Dicho y hecho: al día siguiente ya andaba por los barrios de Cartagena con el carro sin conductor y miles de personas y motos corriendo a su lado, pensando que el taxi estaba embrujado. Los creyentes le tiraban agua bendita al vehículo, asumiendo -con algo de razón- que había que exorcizarlo.

Los incrédulos se tiraban al carro para ver si frenaba, y los atracadores buscaban la forma de abrir la puerta para robarle al pendejo que estaba sentado en la parte trasera; pero claro, como en estos días las mareas de agua salada están por las nubes, todos esos circuitos electrónicos sofisticados se mojaron y el carro, enloquecido, empezó a toser, haciendo un ruido endiablado, mientras la gente daba gritos de pánico.

“¿Qué hacer?”, me pregunté asustado. Pues ni modo: como cualquier James Bond, prendí los cohetes para salir volando y escapar de la muchedumbre, pero, obvio... no estamos en USA, y el carro quedó enredado entre el maremagno de cables eléctricos, tv cables y tantos alambres raros que se ven en nuestros postes de luz.

¿Y qué pasó luego? Pues aquí estoy en el Tránsito, explicando qué carajo hacía yo con un carro cohete en la ciudad, cuando mi pase de conducir, de vaina, alcanza para manejar un Renault 4.

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