Columna


El genio de la vulgaridad

ORLANDO OLIVEROS ACOSTA

24 de febrero de 2021 12:00 AM

Cuando dejamos a un lado nuestra mojigatería verbal, nos damos cuenta de que el genio de la vulgaridad existe. Entonces descubrimos que hay hombres y mujeres ungidos con una gracia congénita para emplear el lenguaje soez. Estos groseros innatos saben usar las “malas palabras” y crear con ellas historias notables del mismo modo en que un músico talentoso tocaría las teclas de su piano. Su dominio del arte plebe es tan categórico que muchos evitan discutir con ellos por miedo a ser repellados con nueve o diez insultos contundentes, los cuales siempre van de seguido, uno detrás del otro como vagones invencibles de un tren de la degradación. Nadie en su sano juicio osaría disputarle la razón a una de estas lenguas viperinas bendecidas por Dios (o por el diablo).

Ahora bien, lo mejor de esta vulgaridad no surge con las peleas sino con los chistes. Tiene su encanto en la literatura, como la elocuente “mierda” con que García Márquez acaba ‘El coronel no tiene quien le escriba’ o los “hideputas” que Cervantes introduce en El Quijote, pero su verdadera grandeza se asoma en los chistes. Sobre todo en los que relatan los comediantes callejeros, en su mayoría discípulos de un genio vulgar que casi no admite comparación: Edelberto Geles Berrío, el Cuchilla.

Harold Bloom, en su estudio sobre las cien mentes más creativas de la literatura, menciona que una característica de cualquier genio es su capacidad para influir en los demás. El Cuchilla no solo creó una escuela de cuenteros profesionales y aficionados, sino que también nos hizo más soeces sin tener que perder nuestra dignidad estética. Me pregunto cuántas de nuestras expresiones ordinarias de hoy, cuántas metáforas en torno al sexo y la zozobra no habrán sido instituidas en el Caribe colombiano gracias a su imaginación. No me extrañaría si en el futuro, la gente llama “Padre Clero” a los curas corruptos y cocodrilos operados a los perros rabiosos.

El don de Edelberto Geles Berrío era construir personajes que podían representarnos con humor en la miseria de nuestra vida íntima. Pienso en el pobre infeliz que llega un día a su casa ordenándole a su mujer que planche toda la ropa arrugada porque en la tarde va a escabullirse a empeñar la plancha. O en el tipo que se cambia el pene por una prótesis hecha de guayacán y que luego camina por las calles presumiendo de su nueva adquisición, golpeándola con otro palo como una clave salsera hasta que el comején se la arrebata. Hay zozobra y risas. Y que no nos digan que por hablar de la mondá le faltó poesía: basta con evocar el chiste del hombre endeudado que se defendía de sus acreedores con un machete tan afilado que, al agitarlo, “caían los pedazos mochos de aire hacia atrás”.

*Escritor.

TEMAS