Lo que hace internet al cerebro

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“The Shallows, What the Internet is doing to our brains”, del escritor Nicholas Carr, es un libro que todo padre moderno debería leer. Aborda una problemática que, aunque no busca “echarle la culpa a la vaca”, constituye un pensamiento crítico, objetivo y bien fundamentado de nuestro vertiginoso desarrollo tecnológico y cómo afecta nuestra lógica de pensamiento.

Desde las cavernas, nuestros cerebros están programados para recibir gratificaciones biológicas al almacenar información en un esfuerzo natural y evolutivo cuyo único fin es la preservación de la especie humana. ¿Aprendiste que ese anfibio de colores brillantes es venenoso? ¿Tirarse al agua puede salvar tu vida de un enjambre de abejas furiosas? ¿Entendiste que una roca afilada puede darte una ventaja sobre otros animales más fuertes y ágiles que tú? Todos estos conocimientos adquiridos por la experiencia hacen que el cerebro vierta una dosis de dopamina en nuestro torrente sanguíneo y este rasgo evolutivo se ha mantenido hasta llegar a nuestros tiempos.

Somos adictos a la información porque cada vez que nos alimentamos de conocimiento el cerebro responde de manera positiva con esa droga creyendo que estamos adquiriendo experiencias que nos ayudarán a sobrevivir en el futuro. Por eso leemos noticias y libros, jugamos videojuegos, vemos series de televisión y hasta vemos videos de gatos en Youtube. Es la misma motivación irresistible que te llevó a leer el título de este texto y continuar leyendo estas letras. Es el mismo impulso biológico que te hace seguir la línea de mis argumentos hasta este punto en mi columna.

Adelantamos unos cientos de miles de años y llegamos a nuestro presente. Una realidad que ha llevado a la tecnología al punto en el que nuestras neuronas han sido “hackeadas” para que revisemos nuestro celular cada minuto. Los dispositivos móviles brindan gratificaciones instantáneas y fáciles que nuestro cerebro interpreta erróneamente como conocimientos importantes para nuestra supervivencia, aunque un “me gusta” nunca nos salvará si enfrentamos a un tigre hambriento en la selva.

Y lo peor de todo es que estamos alimentando estas conductas en las generaciones venideras porque es más fácil darle el celular al niño que dejarlo aprender de sus frustraciones para que desarrollen los mecanismos psicológicos necesarios que se requieren de una persona emocionalmente estable.

Tampoco estoy diciendo que la tecnología es mala, sería una irresponsabilidad de mi parte. El problema siempre estará en los excesos. Nuestra predilección por los excesos hace que las tecnologías nos vuelvan pensadores superficiales. Estamos dejándole la recordación de cumpleaños a Facebook, no ejercitamos la memoria porque todo está en Google. Todos nuestros conocimientos no se consolidan de manera adecuada porque saltamos de la mitología griega a cómo hacer una ensalada griega en Youtube con la misma facilidad de un pestañeo.

No se trata de dejar de usar internet sino de desconectarse de vez en cuando para disfrutar de los procesos creativos y de aprendizaje que realizamos en la consolidación de la memoria y el conocimiento.

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