Lo que sueñas y tu presupuesto nunca estuvo tan fatídicamente distante como cuando comienzas a buscar un colegio para tus hijos. Probablemente si te sientas primero a hacer la lista de lo que quieres, caerás en un universo de negación, molestia e impotencia cuando salgas a visitar instituciones educativas y te des cuenta de que para lo que quieres no te alcanza, y para lo que tienes no lo quieres. Un rollo total.
Como buena mamá primeriza primero hice mi lista. Un colegio que reconozca que el aprendizaje a su edad es mediante el juego, que puedan entender su proceso de aprendizaje, un sitio donde pueda tener contacto con un segundo idioma, que la infraestructura sea bonita, que vean en el deporte otro mecanismo para explorar sus habilidades, y así, seguí y seguí. Luego salí a buscar.
Me encontré con que en “los mejores públicos” ya no hay cupo, el que se ajusta a mi presupuesto lo manejan de manera artesanal, nadie habla de la importancia de jugar, solo me dicen que contará hasta el 40 y se sabrá las vocales. Caigo en la frustración. Y como buena mamá moderna me voy a mi grupo de mamás en WhatsApp, comparto mi búsqueda y pregunto por datos de “otros colegios buenos”. Por supuesto tengo decenas de respuestas, colegios donde los niños tienen contacto con animales, practican deportes, tienen métodos que conozco porque le dan prioridad al juego y a la independencia, encontré mis colegios soñados hasta que le di descargar a la lista de precios.
No, aunque me encanta todo lo que tienen esos colegios, están abismalmente fuera de mi alcance. Pagar más de un millón de pesos mensuales en colegio, aunque no me parece una inversión exagerada si se trata del futuro de mi hijo, no está en mis posibilidades, amigas, soy de la clase media oprimida, estoy ensanduchada entre costos altísimos de arriendo y servicios, y un sueldo que para muchos sería como ganarse la lotería, pero que me alcanza para poco. ¡Yo sé que me entienden!
¿Por qué no puedo tener el colegio que sueño para mi hijo? Pero esto es más que una crítica, es realmente una reflexión. Estamos acostumbrados a que no nos importa lo que nos rodea hasta que nos afecta, y antes estamos allí, inmóviles. Esta es una invitación a presionar, sí, pero también a acompañar al sector público en el fortalecimiento de la educación, sobre todo cuando se trata de la formación de la primera infancia. Se trata de lo financiero, pero se trata más aún de nuestros niños.
Por eso una política pública en educación es urgente, pero una con dientes, no una que solo sean palabras bonitas metidas en un cajón, una que empuje y comprometa a toda la ciudad en su ejecución.
Porque “corresponde al Estado, a la sociedad y a la familia velar por la calidad de la educación y promover el acceso al servicio público educativo”, dice el artículo cuarto de la Ley General de Educación. ¡A trabajar!
