El día de su cumpleaños 50 Manuel Francisco Pérez Díaz o “Mañín” sintió resucitar cuando recibió el duplicado de la nueva cédula de ciudadanía, la que le fue negada en 1997 cuando quiso tramitar el documento.
En 1997, “Mañín” acudió a la Registraduría de Montería a pedirla, pero el funcionario revolvió papeles y le notificó que estaba muerto desde 1971. “Sentí morirme. Quedé frío como los muertos”, expresó con una risotada mientras contempla el documento que lo acredita como vivo.
Preso de la impotencia, se pellizcaba para demostrar al incrédulo archivador que estaba vivo y que revisaba una y otra vez los anaqueles. Pero de nada sirvió.
Manuel Pérez perdió el empleo y quedó sin protección social porque a los muertos nadie los emplea, ni asegura. Desde entonces le acomodaron el remoquete “el muerto vivo” de Cantaclaro.
Para sobrevivir y sostener a su familia comenzó a rebuscarse como vendedor de mango biche y naranjas en la terraza de su casa y en el portón del Liceo La Pradera. Entre turnos, con sus dos hermanos, empezó un calvario de interminables tutelas y pruebas documentales.
El cruce mortalLa insólita muerte documental de Pérez se originó por un cruce de números de identidad. En 1971 falleció en Chinú un adinerado tocayo de “Mañín”.
Un descendiente comenzó los trámites de la herencia, pero en la notaría de Montería le asignaron al difunto los números del vendedor de mangos. Así lo mandaron de un plumazo a la tumba y el nieto del verdadero difunto salió a reclamar su herencia. “Mi muerte nadie la lloró, nadie me rezó, ni llevó flores a una tumba que no existe”, anotó con espontáneo humor.
16 años después de enterarse de su insólita muerte, “Mañín” sujeta la cédula que enseña a su madre Lorenza Díaz quien, sentada a su lado, cuenta que el día que se la entregaron sintió como si lo hubiera parido de nuevo. Con inocultable sonrisa, dispuesto a espantar el fantasma de la muerte, el “muerto vivo” de Cantaclaro celebra su retorno a la vida, muerto pero de la risa.
No es el primer caso que ocurre en Montería con la cédula de un ciudadano. Se conocen decenas de historias de personas suplantadas que tienen que vivir un verdadero calvario para recuperar su identidad.
“Estar sin cédula es no ser nadie”, señala el humilde trabajador, quien apenas empezará su vida civil.
Con su incontenible risotada, Manuel Francisco Pérez se burla de su macondiana historia.
