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Salud

Amargura ¿un desorden mental?

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Haga memoria, cuantas veces ha catalogado a alguien de amargado por detectar un comportamiento grosero, despectivo o apático, pero había pensado alguna vez que la amargura puede ser un desorden mental. La Asociación Americana de Psiquiatría (APA, por sus siglas en inglés) viene discutiendo desde hace unos meses la conveniencia de incluir la amargura dentro de los trastornos mentales reconocidos por el Manual de Diagnóstico y Estadística de Trastornos Mentales, la Biblia de consulta entre los especialistas en enfermedades mentales, bajo el nombre Trastorno de Amargura Postraumática. Christopher Lane, médico y profesor universitario, afirma en un artículo para Psychology Today que los motivos para que los norteamericanos estén amargados abundan: desde el desastre natural del huracán Katrina que destruyó toda una ciudad, pasando por la guerra con Irak hasta la crisis económica que dejó sin empleo a algunos y cambió el estilo de vida de muchos más son razones suficientes para que en Estados Unidos se multipliquen los amargados. El especialista cita a su colega Shari Roan quien sostiene que la amargura es tan común y tan profundamente destructiva que algunos psiquiatras sienten el impulso de identificarla como una enfermedad mental. Miguel Angel Sabogal, médico psiquiatra y presidente de la Asociación Colombiana para la Salud Mental, afirma que la APA actualmente reconoce que ese estado emocional podría ser permanente e incluso producir un grado de discapacidad o de disfuncionalidad en un alto porcentaje de la población como respuesta a diversos factores denominados traumáticos (consecuencias de la guerra, perdidas laborales, económica, afectivas, ect.). Pese a esto, Sabogal considera que “la amargura colectiva que estamos observando en incremento es un fenómeno social que no debe ser rotulado como patología psiquiátrica puesto que eso simplificaría demasiado el problema y ofrecería una intervención sólo desde el modelo médico, corriéndose el riesgo de medicar a una gran cantidad de individuos que lo que realmente necesita es una intervención psicosocial”. Aunque afirma que es importante llamar la atención sobre este aspecto que podría considerarse uno de los síntomas de las principales patologías que está experimentando nuestra sociedad. La amargura Pero, ¿de qué hablamos cuando hablamos de amargura? Sabogal explica que el término amargura viene de amargo que significa sabor desagradable y característico de la hiel. “Cuando nos referimos a la amargura por consenso general nos estamos refiriendo a una sensación displacentera, a unos sentimientos de aflicción, de tormento, de tribulación o incluso de tristeza mezclada con rabia”, agrega. La amargura es una respuesta pasajera y natural del ser humano ante la frustración continua, el estrés constante o ante eventos vitales traumáticos. “Sin embargo, se convierte en una reacción patológica cuando ese sentimiento deja de ser pasajero para convertirse en un estado permanente que no nos permite disfrutar de nuestras actividades, disminuye nuestra creatividad y comienza a traducirse en actuaciones agresivas, vengativas, no asertivas o incluso auto o hetero destructivas”, sostiene Sabogal. Según el especialista, la preocupación surge cuando ese fenómeno se convierte en una patología social, es decir, cuando pasa de presentarse esporádicamente en algunos individuos a ser una respuesta generalizada en la mayoría de la sociedad. Patología social Es precisamente dentro de las denominadas patologías sociales que Sabogal aconseja incluir a la amargura como una nueva categoría de clasificación y estudio. “En esa nueva categoría de Patologías sociales podríamos incluir, por ejemplo, la depresión social, la psicopatología del poder, la psicopatología desintegrativa social, la psicopatología del placer, las adicciones sociales, la amargura social, la psicopatología de la violencia, la sociopatía, la crueldad animal, etc.”, indica el médico. Patologías que deben estudiarse desde la sociología, la psicología, la psiquiatría social, la filosofía y la salud pública para darles solución, no desde la medicina, sino desde un abordaje psicosocial que haga parte de las políticas públicas. Sin embargo, Sabogal señala que la historia ha demostrado que las patologías sociales nunca han sido consideradas una prioridad por los gobiernos de turno. Según el especialista los cambios que se han visto sobre enfermedades sociales como la esclavitud, la exclusión de la mujer, la segregación racial, han sido logrados por grupos minoritarios que concientizaron y cambiaron de parecer y proceder a la sociedad consiguiendo las modificaciones de la ley que se requerirían. Teniendo en cuenta estos antecedentes para Sabogal el panorama no es muy alentador, “la velocidad con la que se producen las patologías sociales y la rapidez con la que están en aumento no nos dará chance de corregirlas, a esta lenta manera y nos dirigimos hacia la autodestrucción social”.

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