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Revista dominical

Un altillo que miraba al mar

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El taxi lo condujo desde el aeropuerto por la avenida interminable que bordeaba las orillas del mar, sembrada  de palmeras enanas y raquíticas. Casi al final de la vía hizo un giro, abandonó el carril y entró en un laberinto sucesivo de plazas que se abrían de mayor a menor. No creo que encuentre un lugar abierto para almorzar a esta hora, dijo el taxista, cuando le preguntó por un sitio rápido y barato. Le pidió entonces que lo dejara en la Plaza de la Artillería. Cuando llegaron, el hombre sintió el primer envión de la nostalgia. Se acomodó el morral, agarró el maletín y despachó al taxi. Era domingo, eran las 3 y 40 de la tarde y no había nadie caminando por la plaza. Se quedó un rato contemplando ese entorno que le había sido tan familiar en otro tiempo. Sintió no obstante que algo indefinible había sido alterado en la escala emocional de ese lugar. Había más color en las casas, que lucían mejor vestidas, pero severas en su inhóspita clausura. Caminó hacia una rampa y subió para ver el mar desde la plataforma del baluarte. El olor de las algas maduras que traía la brisa estaba revuelto con el humo de los automóviles que surcaban la avenida. Ese era el olor que no quería olvidar y que le hablaba con más elocuencia que el resto de los recuerdos. Bajó por la misma rampa, buscó la calle de la Cochera y caminó hacia una casa de balcones altos y muros sucios de color mostaza. Se acercó a la puerta y la golpeó tres veces con el aldabón. Una niña con trenzas se asomó y gritó: ¿Quién es? El hombre miró hacia arriba y preguntó ¿Aquí vive Candita Rosales? La señora Candita está acostada, dijo la niña. Entonces baja para entregarte lo que traje para ella. Bueno, ya bajo. Mientras esperaba a la niña recorrió con la mirada toda la calle, de esquina a esquina. Allí vivían los Arriaga, al lado, el Dr. Meñaca, en la del entresuelo, Digna Hoyos, la que ponía inyecciones, y sus hijos. En la esquina estaba la tienda de Pura. Al frente, el salón de belleza de Amirita. Del otro lado, a ver, el colegio de Mr. Taylor, dos casas más adelante  vivían los Elguedo,  al lado, misiá Chabe, que fabricaba vinagre y vendía paletas. Al final, la tienda de Leónidas...Mientras seguía recordando escuchó a la niña que corría los bastos pasadores y levantaba las aldabas del portón. Un gozne gimió y la pesada hoja hizo un giro hasta quedar semiabierta. ¿Qué se le ofrece? Dijo la niña.  Le traigo esta caja con un regalo. Déjeme y yo llamo a mi abuela. ¿Y quién es tu abuela? La señora que cuida la casa. Ve y dile que yo quiero entrar. Bueno, ya voy. La niña se devolvió al fondo de la casa y entonces el hombre abrió más la puerta y pudo ver todo el escenario intrigante de esos aposentos. Un zaguán largo de piso de ladrillo, rematado por una reja de madera detrás de la cual se apreciaba un patio con matas de plátano. A la izquierda se dejaba ver el comienzo de la escalera. Olía a tierra húmeda. El verdín afelpaba las paredes y le confería tonalidades apagadas al ambiente. Cerró el portón y se adentró con sigilo.
No se escuchaba ningún ruido en toda la casa. Solo el batir de las hojas de plátano sacudidas por las ráfagas intermitentes de la brisa que venía del mar. Comenzó a subir por la escalera, luego de dejar el maletín ventrudo al pie del primer escalón. En el ascenso tuvo que recordar que la última vez que pisó esos escalones, había sido cuando tenía 21 años. Ahora tenía 65. Tal vez 44 años de distancia no fueran suficientes para enterrar la memoria que lo ligaba con fuerza a esa vivienda. De pronto, alguien encendió unas luces. Se oyeron unos pasos apresurados que venían del piso de arriba. El hombre pensó en la niña. Siguió subiendo hasta encontrar en el remate de la escalera, ya en el borde del vestíbulo, el traje y los zapatos de la muchachita tirados en el piso. Continuó avanzando por el largo salón, pero ya no era él mismo. Tenía 21 años y necesitaba decirle a la niña que no corriera, que no subiera al altillo a jugar como otras veces porque la empinada escalerita hechiza se había desprendido de su soporte superior. No le aguantaría su peso y tal vez se vendría abajo. No lo hizo, ocupado en  estar por última vez con Candita, la mayor de las hermanas Rosales, de cuyo cuerpo de 18 años se iba  a despedir esa tarde, rumbo a un futuro incierto de marino mercante. Los amores clandestinos y contrariados los mantenían en estado de apasionamiento permanente y no le alcanzaban los recovecos de esa casona para sus encuentros.
Se lo digo a mi mamá, que ustedes se estaban besando en la recámara, les dijo Julita cuando los vio abrazados y a Candita con la falda del uniforme levantada. Niña, ven acá, no seas necia, no estamos haciendo nada. Sí, sí, ustedes creen que soy boba,  y salió y subió por la escalera al altillo. Allí le habían hecho una casa de muñecas, allí Candita, su hermana que la quería tanto, le sacaba los piojos y le hacía las trenzas, y cuando hacía calor la bañaba con totuma y le hacía cosquillas.
Tú vas a ser más bonita que yo, le decía Candita. Entonces adquirió la costumbre de quitarse el vestido y los zapatos porque le encantaba que la bañaran con totuma desde el altillo donde se veía el mar…;Julita no subas, que la escalera está floja, debió decirle él, pero se aturdió con el deseo de besar a Candita por última vez, quizás, de acariciar sus tersos muslos de colegiala,  de resolver esa novedad tirante que los arropaba y no los dejaba casi ni pensar. 
El grito de la niña cayendo y el horror que suplantó en un instante al gozo de los cuerpos arrebatados, se irían deshaciendo con los años. En cambio, para expiar la culpa, creía él, era necesario gritar ¡No subas, no subas!, así fuera para nada y para nadie, 44 años después.

Foto y dibujo de Francisco Pinaud. Cortesía
Foto y dibujo de Francisco Pinaud. Cortesía
Paisaje de Marbella al atardecer. ÓSCAR DÍAZ/EL UNIVERSAL
Paisaje de Marbella al atardecer. ÓSCAR DÍAZ/EL UNIVERSAL
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