Manuel Zapata Olivella, peregrino en África

22 de marzo de 2020 12:00 AM

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Empezó a escribir párrafos de su novela sobre la llegada de los africanos a América bajo la luz de una lámpara, en una libreta, luego de recorrer diversas aldeas en África.

Manuel Zapata Olivella, nacido el 17 de marzo de 1920 en Lorica (Córdoba) y residente en Cartagena, desde sus siete años, había sido invitado por el presidente senegalés Léopold Sédar Senghor al Diálogo de la Negritud y la América Latina en 1974. En ese encuentro asistían el Premio Nobel de Literatura guatemalteco Miguel Ángel Asturias, el historiador colombiano Germán Arciniegas, el mexicano Leopoldo Zea, el brasileño Clovis Moura, los peruanos Nicomedes Santacruz y su hermana Victoria, “más oscuros que el más retinto de los senegaleses”, dice en sus memorias ‘Levántate mulato’ Manuel Zapata Olivella. Al evocar aquel encuentro dijo que “el mestizaje americano no solo es dado descubrirlo en el color de la piel. Contrariamente, ante el daltonismo étnico, al lado de los africanos, yo fui asimilado como blanco”, vaticinio de su madre que una vez le dijo que, pese a sus ancestros africanos, el día que llegara a África no sería reconocido como negro. (Lea aquí: Colombia celebra Año de Manuel Zapata Olivella)

Al culminar el encuentro, Zapata Olivella le dijo al profesor Francisco Bogliolo, argelino de nacimiento, francés y senegalés por las sangres mezcladas, que lo llevara a recorrer el Senegal y Gambia, de donde habían llegado a Colombia algunos de sus ancestros. Fueron a recorrer Serere, Dyola, Wolofs y en la espesura de la noche, sin lámpara ni luna, dice Zapata Olivella: “Debimos alumbrarnos con el brillo relampagueante de sus ojos”. En la aldea Serere visitaron la morada del rey africano. Zapata Olivella le dijo a Bogliolo que le tradujera sus palabras y le dijera que era un honor saludar al hermano en cuya sangre fluía la misma sangre “de mis antepasados esclavos”. El rey se puso de pie frente a Zapata Olivella. Pero en su mirada imperial había un relámpago de furia. Desconcertado el escritor le preguntó al traductor qué ocurría y éste le contestó: “El rey le responde que usted y él no pueden ser hermanos: en sus ascendientes reales jamás han existido alguien esclavo”. Las miradas del rey africano y del escritor colombiano se cruzaron, y la sabiduría ancestral heredada por Zapata Olivella le hizo sentir al rey que él conocía los códigos de la memoria y los secretos de la tribu que aún susurraban sus secretos en los ríos de su sangre. Más allá del alfabeto en las diez yemas de sus dedos, estaban las huellas de su largo peregrinaje tras sus orígenes. Las miradas se confabularon bajo la luz africana.

Imagen MANUEL-ZAPATA-OLIVELLA-ESCRITOR

Aquel episodio esclarecedor e iluminador cambió la visión de una expresión que ha generado equívocos culturales: los africanos, como cultura ancestral de la humanidad, jamás han sido esclavos de nadie. Otra historia es que hayan sido esclavizados y sometidos por la codicia y la conquista del mundo occidental durante tres centurias.

En aquel peregrinaje de Zapata Olivella al África, llegó junto a su amigo a la aldea Dyola, cuyo jefe de la tribu los invitó a pasar la noche en casa. Entre las sombras de la noche, Zapata vio a los ancianos de la tribu conversar bajo la enorme sombra del antiguo y sagrado árbol africano baobab, cuyas ramas guardan memorias y espíritus de la tribu. Así que estar bajo sus sombras es no solo escuchar las voces del pasado sino encontrar la cadencia sabia de cada palabra. Zapata Olivella durmió en una estera a ras del suelo, con almohadas y un mosquitero, como se solía dormir en los pueblos del Sinú en otras décadas. Les brindaron agua, una lámpara y a través de las manos, les desearon un sueño en paz. Zapata estaba en duermevela, sintiendo el olor de la tierra, los sonidos y los olores que arrastraba el viento del baobab, cuando de repente en la oscuridad emergieron los tambores. ¿Qué está pasando?, le preguntó Zapata a su amigo Bogliolo. El jefe de casa les dijo que en una aldea vecina se celebraba el ritual de “enucleación del clítoris de una púber”. Zapata se ofreció como médico a estar allí, pero el jefe de casa le dijo: “Solo los dyolas pueden estar en ese ceremonial”.

Poco antes de abandonar Dakar rumbo a Brasil, Zapata Olivella cumplió el deseo expresado al presidente senegalés de ir a la isla de Goré de donde salieron los africanos wolofs, sereres y dyolas, que habían sido esclavizados rumbo a América. Zapata llegó al punto exacto donde salieron los barcos negreros. La madrugada antes del viaje a Brasil, descendió a una cueva ancestral de los africanos, a conversar con los espíritus de sus ancestros. Se deshizo de su ropa y avanzó en medio de la tierra desnudo, permeado por un alfabeto sin letras, lleno de colores, aun más profundo, revelador y vibrante que los alfabetos que había conocido en Occidente, y se dejó arrastrar como un viento oscuro tras una línea delgada de luz hacia un horizonte vertical, abisal, donde hombres y pájaros, criaturas aladas y terrestres, podían comprenderse sin hacerse daño. En aquella madrugada en la desnudez interior de su alma, conversó con aquellos hombres encadenados de la isla de Goré, espíritus que desde niño le hacían guiños y señales para este encuentro. (Le puede interesar: Bajo el árbol brujo de Zapata Olivella)

Aquella epifanía al pie de la tierra y del mar, fue el origen de su novela ‘Changó el gran putas’, culminada en 1983, luego de veinte años de peregrinajes a sus ancestros.

Epílogo

El encuentro de Dakar dejó en Manuel Zapata Olivella muchas resonancias en su vida de narrador y pensador de los orígenes. De allí surgió no solo su novela ‘Changó, el gran putas’, sino también su ensayo ‘La rebelión de los genes’, que descifra el legado filosófico y humanístico de los africanos, la vigencia del Muntu, en la que los africanos tienen una relación sagrada y cotidiana con sus muertos y con el resto de criaturas tanto animales, vegetales como minerales. También su novela ‘Hemingway, el cazador de la muerte’, en la que el mito de Hemingway es desmitificado por la conciencia africana: todo depredador de animales es un depredador de sí mismo. El cazador Hemingway terminó cazado por sí mismo.

Bajo la sombra de los baobabs, se lee hoy en África, a cien años del natalicio de Manuel Zapata Olivella, la obra de este novelista y pensador colombiano que fue al África a reencontrarse con sus ancestros.

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