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Omar pasó de cortar árboles a ser un guardián ambiental en San Juan

Esta es la historia de un sanjuanero que se reivindicó con el medio ambiente a través de la siembra de árboles y un vivero del que se benefician muchas familias.

JULIANA ROMERO TORRES

19 de febrero de 2023 12:00 AM

“Yo soy de cuna pobre”, fueron las primeras palabras de presentación de Omar Enrique Tapias Estrada. Un hombre humilde de casta provinciana que, con dignidad y honra, ha recorrido los caminos de la vida. Nació en 1977, en el fascinante San Juan Nepomuceno, municipio conocido por sus galletas de harina cubiertas de merengue y rellenas de dulce de leche, las tradicionales María Luisa.

En su inicios, Omar iba a la montaña, cortaba la leña y la vendía. Y es que no tenían la estabilidad económica para mantener a la familia de una forma diferente. Lea aquí: Las historias que pasan desapercibidas en los buses de Transcaribe

Se remonta a su infancia como aquel hombre que no olvida el niño que fue. Sus padres eran agricultores, dedicados meramente al trabajo del campo, no sabían leer ni escribir, sin embargo, entre idas y vueltas, tomaron una decisión trascendental: irse en definitiva hacia el pueblo para darle un mejor futuro a sus hijos. Allá se dio comienzo a una nueva vida.

No había gas natural en ese entonces, la mayoría de hogares en San Juan cocinaban con leña, lo que resultaba ser un trabajo provechoso y rentable. Se convirtió en una “economía sostenible”, así lo definió Omar, quien estudiaba en la tarde y en la mañana se dedicaba a vender leña.

“Mi papá iba a la montaña con mis hermanos mayores, allá cortaba la leña, y a mí me tocaba venderla en el centro con mis hermanos menores”, contaba Omar, el antepenúltimo de 11 hermanos. La admiración y respeto por su padre eran irrebatibles, fue quien lo enseñó a trabajar honradamente. Le puede interesar: ¿Por qué el Centro Histórico de Cartagena huele tan mal?

La carga de leña costaba 100 pesos, por lo que procuraba vender de 10 a 15 diariamente, era lo que servía para lo básico, para comer. “Afortunadamente y gracias a Dios en los pueblos se encuentra fácil el bastimento: la yuca, el ñame, la ahuyama...”, recalcó.

En su inicios, Omar iba a la montaña, cortaba la leña y la vendía. // Foto: Cortesía
En su inicios, Omar iba a la montaña, cortaba la leña y la vendía. // Foto: Cortesía

Pudo culminar sus estudios de bachillerato, alegría inconmensurable para él y para sus padres que, con arduo trabajo, fueron sacando adelante a todos sus hermanos también. Como desventaja para aquellos que nacen en el pueblo, una vez finalizados los estudios, y en caso de querer aspirar a una carrera universitaria, es necesario migrar hacia la ciudad. No obstante, años después su vida dio un giro de 180 grados.

Después de graduarse del bachillerato, emprendió un nuevo camino dedicándose a oficios varios, y solo un tiempo después hizo parte de un programa ambiental que lo incentivó y donde encontró un apoyo fundamental por parte de los miembros. Ya comenzaba a recolectar a y sembrar semillas. Lea aquí: Bukele, ¿mesías o bomba de tiempo?

Su acercamiento con la gestión ambiental parecía ser algo totalmente impensado primaveras atrás, pero empezó a involucrarse con la preservación y el cuidado del medio ambiente, hallando el apoyo moral que necesitaba para darle un nuevo sentido y una nueva dirección a su vida.

La vida a uno le enseña muchas cosas, a mí me enseñó a hacer mi aporte para un futuro mejor, luego de todo el daño que pude provocar al medio ambiente”.

Omar Enrique Enrique Tapias.

Fue así como se dedicó a construir un vivero que hoy es fuente de ingreso no sólo para su familia sino también para otras. “Yo hoy vendo y le digo a las personas ‘cuando esos árboles crezcan, en unos 5 o 6 años, déjeme entrar a hacer recolección de semilla’”, comentó entre risas, haciendo alusión a su doble propósito con ese ‘trato’, siendo el primero la concientización.

El Vivero Omar Tapias se dedica a la recuperación y reforestación de espacios verdes. // Foto: Cortesía.
El Vivero Omar Tapias se dedica a la recuperación y reforestación de espacios verdes. // Foto: Cortesía.

Sobre el vivero

El vivero nació en 2011 aproximadamente, ya son 12 años a cargo, está certificado por el ICA y manejan un promedio de 20 especies. Surgió como una idea de un viejo amigo que fue a hacer una tesis en los Montes de María. “Vamos a montar un vivero”, le propuso, como oportunidad para que se involucrara aún más. Inició con unos amigos, quienes después se echaron para atrás, exponiendo que no iba a ser rentable, así que lo dejaron solo. “Mi objetivo era bien claro, yo siempre pensé en fortalecer el vivero, en proyectarme. Sabía que se trataba de mi plan de vida, que poquito a poquito iba a construir mi negocio”, relató con aquel enternecimiento con el que te refieres a algo preciado y muy amado.

Actualmente su trabajo cuenta con un reconocimiento merecido, producto de su entrega y sacrificio. Hoy diseña estrategias para la recuperación de espacios verdes y contribuye con el progreso de quienes lo acompañan en sus actividades.

Su labor social es incuestionable, de hecho, gracias al vivero ha podido otorgarles a muchas personas la posibilidad de hacer parte del proyecto de diversas formas. Mujeres cabeza de hogar, por ejemplo, hacen “el llenado de bolsas” - se trata de recoger el abono y la tierra necesaria para la producción de árboles-, y en ocasiones lo hacen en compañía de sus hijos, lo que se convierte en una posibilidad para “enseñarles a trabajar y que no estén en malos pasos”. Otro personal contribuye en la recolección de semillas, y así. Hay oportunidad para todos.

Enseñanza de vida

Para él su misión es dejar una huella ecológica, motivar a los niños a la conservación del medio ambiente, incentivarlos para que conozcan el proceso y que más adelante, por qué no, salga un ingeniero, un agrónomo, alguien que siga velando por la naturaleza.

Mujeres cabeza de hogar en compañía de sus hijos. // Foto: Cortesía.
Mujeres cabeza de hogar en compañía de sus hijos. // Foto: Cortesía.

¿Qué palabra lo define?

Perseverancia. Y es que en un principio hubo muchos incrédulos, personas cercanas que le decían “mejor siembra yuca”, pero él estaba firme en su decisión de seguir, sin importar cuántas veces pudiese flaquear. “El principio fue difícil, el segundo año que monté el vivero me fue mal, el tercero fue peor, no vendí nada, y ya del cuarto en adelante comenzaron a verse los frutos. Siempre me mantuve”, expresó con orgullo tras superar tantos obstáculos.

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