Facetas


Pedro Laza en las alturas...

Crónica de un cartagenero en Bogotá, con nostalgias de la ciudad en sus Fiestas de Independencia, escuchando a Pedro Laza en Monserrate.

Por Luis Porras

Especial para El Universal

El capitán anunció con voz nasal que comenzábamos el descenso al aeropuerto El Dorado de la ciudad de Bogotá, por lo cual nos solicitó ajustarnos el cinturón de seguridad y enderezar la silla. Me asomé por la ventanilla, un extenso manto de neblina envolvía la sabana de Bogotá. Quince minutos más tarde, me vi caminando por los largos corredores del aeropuerto. Una amiga de toda la vida me recogió y me dejó en el hostal de siempre. Después de tres o cuatro días ocupado en diligencias de la capital y compartiendo con los amigos del barrio, llegó el domingo 11 de noviembre y decidí hacer algo diferente.

Pedí un taxi y le dije sin agüeros: “Llévame a Monserrate”. Al llegar a la estación decidí subir por el teleférico, el cual me brindó, una vez más, una experiencia visual encantadora. Cuando llegué a su cima, una ligera capa de neblina gravitaba sobre ella y detrás una ráfaga de fino viento presagiaba que iba a ser un día frío, allí nunca se sabe.

En la cumbre del cerro de 3.152 metros sobre el nivel del mar, sobre la cordillera Oriental y de por lo menos 16 millones de años de antigüedad, se construyó una imponente basílica inaugurada en 1920 que alberga el venerable santuario del señor caído de Monserrate, cuya talla fue elaborada por Pedro de Lugo y Albarracín en el siglo XVI.

Cada domingo acuden numerosos fieles, quienes se alejan del bullicio de la ciudad. Muchos entran allí en un espacio de reflexión, con bellos jardines, fuentes de agua limpia, un bosque de niebla, el canto del atardecer, su noche constelada salpicada de los rayos de luna. Ha sido lugar de peregrinaciones religiosas desde la época de la colonia.

Mientras se llevaba a cabo la misa de mediodía en la Basílica repleta, yo buscaba un sitio donde pudiera sentarme y tomarme una cerveza, vi algunos que ofrecían comidas como caldo de costilla, tamales, lechona, changua, chocolate caliente, almojábanas, aguardiente, en fin, toda la gama de la gastronomía popular dominguera andina.

Llegué al puesto de una señora de cejas pobladas y cara de pocos amigos, me miró de pies a cabeza y me dijo con tono de bostezo: ¿A la orden, señor? Le pregunté si tenía cerveza fría y una grabadora, con la misma velocidad de mi pregunta ripostó: No, señor, no estamos en la Costa sino en Monserrate, sitio de recogimiento. Di media vuelta y seguí buscando ese sitio para reposar.

Rosalba conoce
a Pedro Laza

Entre ires y venires, encontré lo buscado, ya sentado en un pequeño puesto de comidas y bebidas capitaneado por su dueña Rosalba, mujer menuda y de voz agradable, quien me atendía con esmero, miré a mi alrededor y me sentí contento, pensé qué buena es la vida a esta altura, a pesar de estar expuesto a condiciones climáticas cambiantes, se respiraba un aire profundo y glacial.

De repente volví a recordar que era 11 de noviembre, fiesta que conmemora la Independencia de Cartagena del yugo español, fecha que siempre celebro por alguna razón, en cualquier lugar donde me encuentre. Eran las 12:30 p. m., el sol insinuó su presencia a través de tímidos rayos que se asomaban como gajos de luz.

Con las siguientes cervezas donde Rosalba, creció mi alegría y entonces caí en la cuenta de por qué había estado buscando una grabadora. De mi chaqueta saltó un CD quemado con mucho esmero seis meses atrás por mi gran amigo Émery Barrios, era del gran músico y compositor cartagenero Pedro Laza Gutiérrez. Se trataba de un compendio lleno de viejas nostalgias, de los porros con los que bailaron y se enamoraron varias generaciones en Cartagena, me dijo una vez el veterano periodista Alfredo Pernett Morales, inclusive él también lo hizo.

El vuelo del maestro

El gran Pedro Laza, cartagenero ilustre, nacido el 2 de diciembre en 1904, protagonista indiscutible de la época dorada de las grandes orquestas de música tropical en Colombia como lo asevera el periodista Luis Gabriel Vega.

A mediados de los años cincuenta nació Pedro Laza y sus Pelayeros como un homenaje a San Pelayo, cuna del porro, con el estuvieron grandes exponentes de orquestas del momento como Rufo Garrido, Lalo Orozco, Clímaco Sarmiento, Edrulfo Polo, entre otros, de los cuales ninguno era de San Pelayo. En el extenso itinerario de su carrera musical grabó más de treinta discos con Toño Fuentes entre ellos, el que grabó en el año 1958 el disco “Candela” con el Anacobero Boricua Daniel Santos.

Su música, rítmica y cadenciosa, llena de alegría y ganas de vivir, de enamorar, de amanecer, nos deja una estela festiva que prodiga como en una vendimia, el mejor de los vinos, melodías que convocan a las diosas de la danza. Bella simetría que gira en torno a los frutos secretos del amor. En su música todos los días son de fiesta. El clarinete excelso y sostenido que anticipa el movimiento sensual de unas caderas, tambores que confirman la majestad de la vida. Mi madre, días antes de su partida, bailó conmigo el porro “El mochilero”, después me dijo en tono de presagio: Siento que el mejor modo de cruzar con dignidad al otro lado de la vida es acompañada de estos porros. Esos mismos que a ella la hicieron muy feliz en esos noviembres iluminados en que ganó varios concursos de baile por la altivez de sus caderas y su cadencia elegante salpicada de una prudente coquetería, esto la hizo precursora en la organización de bailes que celebraban con sana alegría de los años cincuenta, el buen momento del equipo de béisbol Los Indios. Allí, Pedro Laza asomaba su música solar y visceral dejando su impronta en los corazones juveniles de la época.

El aire se quebró cuando el porro “Pie Pelúo” irrumpió sin atenuantes en el santuario de Monserrate. No sé si ya se había leído la liturgia en la misa de la Basílica, pero “Donde Rosalba” comenzaba una nueva liturgia sonora que sugería festivas herejías.

La gente caminaba en grupos, algunos se detenían en las tiendas de turismo buscando una réplica del señor caído con su cruz, o una estampita del santo que había hecho el último milagro, o sencillamente un recuerdo más mundano de su expedición de domingo a Monserrate.

De pronto, una mujer salió en medio de la gente y caminó resuelta hacia donde yo estaba, reconocí al instante su manera elegante de moverse: era Ruby, una prima mía con quien tuve desde niño una fluida complicidad en esas fiestas interminables de familia. Nos abrazamos y me dijo: “No sé por qué cuando oí sonar a ‘Pie Pelúo’ sentí que tú eras el protagonista osado de este ‘sacrilegio’ en tierras andinas”. Seguimos abrazados y comenzamos a bailar todo lo que salía de ese bendito tesoro sonoro regalado por un amigo que, tal vez esté gozando el noviembre de 2020 en compañía del maestro Pedro Laza en una parranda cercana al cielo. Era un carrusel infinito de bellos porros: “El Mochilero”, “La Ñeca”, “Sin Breque”, “El iguano”, “El Remolino”, “El Catabre”, “El Barraquete”, “Juan Cárdenas”, “El Buré”, y por supuesto “Pie Pelúo”, que lo repetimos como un talismán de buena suerte a 3.152 metros del nivel del mar.

Rosalba, una boyacense acostumbrada a su música de Ráquira, no salía de su estupor, imaginaba que sería excomulgada esa misma mañana después de la misa por haber permitido semejante parranda mientras los fieles comulgaban en su acostumbrado.

Todo esto porque al frente de su negocio, convertido ahora en el nuevo comando musical de Pedro Laza, se agolparon muchos caminantes, algunos devotos del Cristo que salían de la misa, otros deportistas de domingo que subían el cerro a pie, para escuchar con sorpresa la sonoridad pegajosa del maestro del barrio San Diego. Los diálogos seductores del clarinete y las trompetas, la andadura festiva de su ritmo, la alegría que salpicaba a todos. De pronto se unió al baile la familia Pacheco Hernández, que había llegado de Cartagena dos días antes; ellos no podían creer que salieron huyendo de las fiestas de noviembre y se encontraron a uno de sus grandes artífices musicales sonando al lado del Señor Caído. Otra pareja joven de novios, del barrio El Socorro, también se unió, y Diana Paola, la novia, dijo: “Es que dicen que los novios que vienen a Monserrate o se casan o se separan, pero, con esta música que encontramos, nos casamos apenas lleguemos a Cartagena”. La familia Mora Grisales, de La Mesa- (Cundinamarca), no estuvo a salvo de la ráfaga rítmica y feliz de los acordes de “El Cariseco” y en medio de la exaltación del baile se me acercó Felipe Mora, el más viejo de la familia y me preguntó: “Oye costeño, ¿Cómo se baila esto tan bueno?”.

Lo miré de pies a cabezas y le riposté sin compasión:

-Serenito, cachaco, serenito.