Rafael Vergara, un vigía de los derechos

10 de noviembre de 2019 12:00 AM

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No hay un solo rincón de su apartamento que no evoque la aventura apasionante que ha sido su vida en estos setenta años.

El conjunto del espacio que lo rodea es un retrato de él mismo: unos mangles rojos que crecen cerca de su mesa, un naranjo sembrado en la maceta hambriento de luz, unas pinturas, rostros zenúes, cerámicas, esculturas, una fotografía de su amigo Carlos Pizarro con su boina de seductor de lejanías, y otra fotografía en el que aparece junto a él, mientras lo entrevistaba. Hay frutas en la mesa de madera desnuda, botellas de vino y ron iniciadas y aún sin abrir, y el encanto durmiente de sus dos gatos: Frida y Tintín Vergara. Frente a su ventana, el mar de Crespo ilumina esta tarde de noviembre.

Estamos ante una máquina incesante de sueños y aventuras, con la que se puede hablar de poesía y política, del destino ambiental de la ciudad y el planeta, el presente político de la nación, de arte y música, de fotografía, de cine, de periodismo, literatura, de derechos humanos, en suma, de la epopeya de estar vivo.

Es Rafael Vergara Navarro, abogado, ecologista, exmiembro de la Dirección Nacional del M-19, director de los filmes ‘El desalojo’ e ‘Invasión a Panamá: causa injusta: una visión’, columnista de opinión, comentarista radial, fotógrafo y poeta en secreto. Evoca ahora a su padre, Rafael Vergara Támara, “extraordinario político liberal, de personalidad férrea, honesto, patriarcal, con un gran carisma, lo quería todo el mundo”, y a su madre, Gladys Navarro, “con una chispa extraordinaria y una inteligencia que le permitió mantener la unidad de mi padre conmigo”.

“Nací en la casa el 13 de enero de 1948, mi madre no alcanzó a llegar al hospital, y a los seis meses sufrí una obstrucción intestinal, y fui atendido por el médico Napoleón Franco Pareja. A mi padre lo detuvieron el 9 de abril. A la muerte la he tenido cerca toda la vida. Aquí estoy de ñapa hace setenta años. Desde muy temprano, sentí la necesidad de hacerme a mí mismo. No era fácil llevar el mismo nombre de mi padre. Me fui a Bogotá a estudiar Derecho en la Universidad Externado de Colombia, en donde tuve de profesores a los eminentes abogados Alfonso Reyes Echandía, Manuel Gaona y Carlos Medellín. Fue Carlos Medellín quien me entregó el título”.

Sus convicciones revolucionarias empezaron a sus veinte años, leyendo ‘Cien años de soledad’, de García Márquez, y trabajando en la Dirección General del Control del Banco de la República, un cargo en la Superintendencia Bancaria, en donde descubrió y luego denunció la exportación de sangre humana. “¡Eso no puede ser!”, dijo golpeando el escritorio. “¡Este es un país anémico!”.

La novela lo llevó a la realidades infames de la historia de Colombia: la masacre de las Bananeras. Pero la perversión de buscar incentivos tributarios con la exportación de sangre humana le crispó el alma.

El Palacio de Justicia

Sus tres ilustres maestros murieron en la toma del Palacio de Justicia en 1985, uno de los episodio espeluznantes de la historia de Colombia, en donde fallecieron más de cien personas, entre ellas doce magistrados y el presidente de la Corte Suprema, su profesor Reyes Echandía.

Vergara estaba asilado en México, y desde allá buscó la mediación del Gobierno, pero la decisión ya estaba tomada: “Imposible, la decisión es militar, no habrá negociación”.

“Si los tanques no hubieran llegado al Palacio, la historia hubiera sido otra... Mis profesores murieron clamando por la protección de sus vidas al presidente. La viuda de Betancur no ha abierto la verdad guardada que él pidió se revelara después de su muerte”. Me habla del coronel retirado Charles Gillespie, quien en ese entonces era embajador de EE.UU. en Colombia, “un diplomático clave en la invasión de su país a Grenada, y quien además fue el último embajador estadounidense de la era Pinochet, quien afirmó para la televisión de su país: “¡Triunfamos sobre las pretensiones de los rebeldes!”.

La muerte rondando

Sí, desde muy joven, Rafael Vergara ha estado muy cerca de la muerte. Siendo muy niño vio el primer revólver de su vida en su casa paterna. Y al ingresar al movimiento guerrillero del M-19 no quiso recibir un fusil sino un revólver. Ya sufría de un enfisema pulmonar, luego de fumar incontables cigarrillos desde el amanecer. Carlos Pizarro le preguntó un día: “¿Para qué quieres quedarte en el monte con nosotros? Puedo conseguir muchos guerrilleros, pero ¿dónde puedo conseguir un hombre como tú, que cruza fronteras, habla con presidentes y ministros, y tiene una enorme formación ideológica y humanística?”... “¡Lo que hicieron fue preservarme!”, dice. Las balas pudieron arrebatarle la vida a Rafael Vergara. “No sé cómo estoy vivo”, dice sonriente. Otra vez, la muerte estuvo cerca en 1985, en el campamento con sus compañeros del M-19. Ellos estaban arriba en el monte y lo veían pasar entre los árboles. “Minutos antes de que pasara, el Ejército estaba allí, y estuvimos a punto de morir en una emboscada”.

Sus convicciones políticas lo enfrentaron a su padre, quien un día le reclamó. “‘¡Niegas lo que he construido! Si un día estamos frente a frente, no pienses que soy tu padre. ¡Te arrollaré!’, me dijo. Y le respondí: ¿Qué ganas si tú eres el ayer y yo soy el mañana?”.

El p0eta en casa

“En todos mis poemas hay siempre una mujer”, dice con una sonrisa de picardía, para entrar en una reflexión más profunda: “Los seres humanos venimos del vientre acuoso de la madre, sentimos la primera experiencia en el pezón de la madre y nos pasamos la vida tratando de volver al vientre de una mujer. Es el ciclo y la ecuación de la vida. Sembramos una semilla en la cavidad de la tierra y en el cuerpo de una mujer. En la experiencia amorosa y erótica queremos entrar más adentro de la mujer”.

Rafael es el padre de Pablo Camilo y Abril, mexicanos, y Federico y Saia, colombianos. El nombre de su hija significa entre los indígenas chibchas ‘Camino de arriba’. Me declama un poema suyo que se salvó porque lo memorizó entre centenares de poemas que se perdieron en el allanamiento a su casa en 1979. “Allí se llevaron toda mi poesía escrita”, dice. A la poesía regresa para releer a Antonio Machado, a Gabriel Celaya y a Pablo Neruda, y en la narrativa relee ‘El naranjo’, de Carlos Fuentes, y ‘Memorias del fuego’, de Eduardo Galeano, su amigo y con quien sostuvo una larga conversación que es uno de sus libros inéditos.

Sus amigos muertos

Mira las fotos de sus amigos muertos y recuerda a Jaime Batemán como un ser que rompió los dogmas. Estaba convencido de que la revolución del país se haría con cumbia y gaitas. Decía con su alegría caribe: “¡Pongámonos de acuerdo donde todo el mundo salga bien librado y medianamente contento!”. Creía en la negociación y en la concertación, en la democracia como pensamiento del pueblo que respeta las diferencias y la soluciones. Fue él quien propuso que todos los del M-19 leyeran ‘Cien años de soledad’, para adentrarse en el país real. Era el mejor sin proponérselo.

Carlos Pizarro tenía carisma e imaginación poética, pero el más estructurado del grupo era Álvaro ‘El Turco’ Fayad, dice al evocar a sus amigos Carlos Toledo Plata, Andrés Almarales, Iván Marino Ospina, Lucho Otero, entre otros.

Guardián de cartagena

Rafael Vergara Navarro ha emprendido más de un centenar de denuncias penales contra invasores de terrenos públicos en Cartagena. Dice que la tragedia de la ciudad es la carencia del ejercicio de la autoridad que ha desatado la corrupción multiestrato. Ha sido veedor y guardián ambiental y líder social, y se lamenta que algunas de sus denuncias hayan precluido. ¡Pero no está bien! ¡No se puede adquirir terrenos públicos por preclusión! ¡No se pueden tener bienes imprescriptibles! Denunció cómo cinco hectáreas iban a ser rellenadas en el Muelle del Bosque para meter más contenedores. Participó en la batalla colectiva y ganada para proteger los Corales de Varadero. No es pelear por pelear. Es defender la ciencia ante la ambición del poder. Y lo logramos a través de las veedurías colectivas. ¡Sí se puede! Es la victoria de la ambición de la esperanza contra la ambición del poder”.

Epílogo

No le teme a la muerte pese a estar conectado a un respirador y tener un enfisema pulmonar terminal. Siempre está ocupado en mil sueños. Un delfín de fibra de vidrio flota en el aire de su alcoba, con la mirada radiante frente a la luz del mar que entra por su balconcito. Su deseo es que sus amigos hagan una fiesta el día de su muerte y lo entierren sembrando un palo de mango. “No quiero lágrimas. He sido y soy un hombre alegre”, dice.

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